Vivir con las palabras, respiro junto con los personajes que habitan en los folios de los libros de mi biblioteca. Confieso que en las madrugadas siento sus murmullos: los escucho quejarse porque hace meses que no los visito. Me encanta conversar con los difuntos como lo hicieron Francisco de Quevedo y Eliseo Diego. Miro los estantes, despejo posibles visitas, acaricio a los poetas del Siglo de Oro Español, doy un paseo por la poesía cubana: Martí se planta frente a Julián del Casal y levanta el ceño. José Lezama Lima entabla una cordial disputa con Virgilio Piñera. Echo un vistazo de soslayo al sitio de Hemingway y Faulkner, pero Carson McCullers se interpone. Todos sienten remordimientos por las novedades, que debo leer con presurosa atención por mi trabajo de reseñar libros, de esos menesteres vivo.
Tres libros recientes: La hija del guerrillero y la loca (Grijalbo, 2026), de Saia Vergara Jaime; El día que no paró de llover (Tusquets, 2025), de Antolina Ortiz Moore; y Somos misterio (Dharma Books, 2025), de Lorea Canales. / Entro a las páginas de la colombiana Vergara Jaime: “Memorias de la infancia, el exilio y la búsqueda de un lugar propio”. Una niña desterrada en la Ciudad de México a causa de la guerra en su país natal, Colombia, vislumbra el mundo y va narrando lo que le sucede en el corazón en la vacilación del confinamiento.
Historia real conmovedora: desde el relato infantil, el susurro adulto reconforta el pasado: escuchamos el dolor de la mujer en duelo, en una conversación con el padre ausente por la muerte que cabalga sobre el quebranto. Dos preguntas hacen eco: ¿Es posible reconstruir la vida cuando el horizonte se traga la distancia y la ternura y los sueños son vislumbradas resonancias? ¿Cómo transitar por los parajes que abrazan la pérdida de la imagen paterna? Cuaderno de folios afectivos y descorazonados en penetrante incertidumbre, la aprensión dialoga con el fervor de una niña inolvidable.
El día que no paró de llover: Ciudad de México, un domingo de 1951. “Las primeras gotas se estrellaron a treinta kilómetros por hora contra el pavimento. Dejaron manchas que pronto se fueron borrando unas tras otras”. Relato habitado por personajes que guardan enigmas, cifras inconfesables, daños y anhelos. Antolina Ortiz, desde una cadenciosa configuración bolerística y danzonera, explora en efemérides singulares: el transcurrir fusiona el presente con el pasado. Las estaciones develan iconografías de un período clave de la historia de México. La consonancia del danzón resuena en el Salón México. De las vecindades sale un aroma de acordes que se impregnan en nuestros ojos con sentimental armonía desde vehemente y nostálgica reconstrucción histórica.
Somos misterio: “Me he preparado para morir desde que entré al convento hace más de cincuenta años, ése fue mi primer pensamiento al despertar. Moriré y estoy preparada. Después, dejé de pensar en mí, recé por el mundo”: íncipit de un relato que entreteje la inmolación y la clemencia. Crónica de los gestos de una monja que busca los índices de los enigmas de la trascendencia. Lo eterno, un desafío. La perplejidad, una manera de indagar en las bifurcaciones de la libertad. Lorea Canales ha escrito una novela provocadora que se sumerge en los claroscuros del cosmos religioso.
La hija del guerrilleroy la loca
Autora: Saia Vergara Jaime
Género: Novela
Sello: Grijalbo, 2026