En la arena política suele hablarse de dos tendencias principales: conservadurismo y progresismo. Mal que bien estas denominaciones suelen coincidir con la derecha y la izquierda.
Tradicionalmente el conservadurismo se había elevado como el ala política que propugnaba el mantenimiento de un sistema de valores y tradiciones, al tiempo que fue revistiéndose de paradigmas económicos que frecuentemente acentuaban cierto tipo de liberalismo tendiente al libre mercado y al Estado mínimo. Por el otro lado, el progresismo se integró de una amplia gama de tendencias de izquierda, desde las más enfocadas en resolver problemas sociales y desarrollar políticas públicas de protección a los vulnerables, hasta posturas más radicales en donde el Estado dominaba la vida privada y la ideología de la no ideología rompía moldes y costumbres.
Ambas posturas evolucionaron hasta difuminarse en sus fronteras y confundirse en las propuestas, aunque el encono y la confrontación ha venido para arriba. A modo de ejemplo, el gobierno estadounidense alcanzó el poder promoviendo una plataforma que se basada en el retorno a los valores tradicionales religiosos, promoviendo una identidad, ciertamente ficticia en una sociedad plural y migrante, homogénea: blanca, cristiana y tradicionalista. Sin embargo, los acontecimientos recientes cuestionan el fundamento moral de sus acciones.

Amaga el PVEM con Sesma
En este escenario emergen gobiernos progresistas, como el de Sánchez en España, con un discurso basado en valores, ética, derecho internacional, promoción de la paz y el respeto a la dignidad humana. Este discurso se está pareciendo cada vez más y más al antiguo conservadurismo que promulgaba la importancia de los valores morales por sobre el interés económico e ideológico, haciendo difícil seguir las tendencias y establecer bandos. Para muestra tenemos la serie de encontronazos del gobierno estadounidense con el Papa León IV que no tardó en señalar las incongruencias de evocar el cristianismo como elemento identitario sin reconocer las exigencias morales que esta denominación implica.
Nuestro mundo está crispado por la guerra y los intereses económicos de los multibillonarios. En esta rebatinga de poder hemos perdido el enfoque de lo que la política y la tecnología deberían ser: medios para el florecimiento humano y la vida digna. La brújula enloqueció y son necesarias voces que recuerden que hemos de buscar que gobernantes y empresarios promuevan el cuidado, la paz y el desarrollo, todo enmarcado en reglas justas que promuevan y protejan la dignidad humana. Es decir, es preciso rescatar la vida ética y moral de entre la vorágine de la tecno-política de nuestros días. No importa quién lo diga, importa que se diga y que logremos ser la resistencia.

