Nadie sale intacto de la infancia. Ésta es una idea familiar para todos, porque vivimos desde hace más de 100 años en una cultura freudiana que la descubrió como una etapa que organiza la vida psíquica adulta; en la que se arma, en lenguaje lacaniano, nuestro fantasma: la posición subjetiva frente al deseo del Otro con mayúscula. Ese Otro son los padres y la niña aprende muy temprano en la vida qué quieren de ella, qué esperan, qué expectativas y traumas se le depositan.
Adam Phillips sostiene que la infancia implica una relación irremediablemente desigual. Los adultos son más grandes, más fuertes, saben cosas y ejercen un poder sobre las necesidades de los niños. A partir de esta idea, Tom Wooldridge escribió un ensayo al respecto (https://aeon.co/essays/the-power-imbalance-between-parent-and-child-leaves-a-trace) en el que explora cómo esta asimetría entre padres e hijos sirve de modelo para nuestra relación con el amor, la dependencia, el miedo, la vergüenza y el poder.
No es lo mismo haber tenido un padre o una madre muy dominante que uno menos severo. No es igual haber crecido con alguien que abusaba del castigo físico o emocional que crecer con menos miedo. Cuando la desigualdad de poder es extrema, es común desarrollar sentimientos de inferioridad e impotencia y manifestar resentimiento frente a las figuras con autoridad. Detrás de la mala conducta en el colegio suele haber un niño resentido con sus padres.
La niña necesita idealizar a los padres por mera sobrevivencia. Su dependencia es absoluta y por eso teme perder su amor o provocar rechazo. Muchos niños presentan terrores nocturnos, pesadillas, que frecuentemente tienen que ver con la muerte de los padres. Imaginarse en un mundo sin ellos, es un miedo devastador en la infancia.
Woolridge afirma que no sólo se recuerda la infancia, sino que es una vivencia interna que dura toda la vida. La forma en la que alguien fue apoyado, ignorado, criticado, consolado o avergonzado se transforma en un guion para interpretar el mundo. Algunos niños crecen sintiendo que sus necesidades son excesivas y se convierten en adultos incapaces de pedir ayuda. Los padres emocionalmente impredecibles generan hijos ansiosos con miedo a que los abandonen. La infancia es, pues, una estructura afectiva. Estas ideas no parten de la maldad en los padres (aunque a veces la haya), sino de adultos atravesados por sus propias limitaciones y fantasmas. La ansiedad, las carencias y las formas de relacionarse se transmiten a los hijos. El niño se ve envuelto en el pasado no resuelto de los padres, experimentando sentimientos que vienen de más lejos. La crianza es a veces un esfuerzo por curar viejas heridas, superar viejos temores o corregir viejas humillaciones, usando al niño como instrumento. La historia emocional del adulto organiza el mundo interno del niño. No son pocos los padres que cuentan en el consultorio cómo las vivencias de sus hijos los transportan a su propia niñez y a sus experiencias de injusticia o a sus inseguridades. Que sus hijos aprendan a defenderse y a expresar sus necesidades parece un camino para reparar las propias lastimaduras. Parte del trabajo personal consiste en contextualizar, que no justificar, la crianza de la que cada uno viene, para poder sostener las propias heridas, sin tener que proyectarlas en los otros más vulnerables, que suelen ser los hijos.
Los niños que seguimos siendoValeria Villa
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