EL ESPEJO

Ajolotes trumpianos

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

¿Qué tienen en común un ajolote morado en un puente de la Ciudad de México y un letrero dorado con el nombre de Donald Trump en un edificio en Washington? A primera vista, nada. Tal vez ahí está el detalle.

Washington D.C. es una ciudad extraña. Es la capital de Estados Unidos, pero no funciona como cualquier otra ciudad. Sus habitantes tienen alcaldesa y votan, pero no tienen representación plena en el Congreso. Además, buena parte de su territorio más emblemático depende del gobierno federal, es decir, del presidente.

Trump entendió esa rendija como oportunidad, pues a pesar de las quejas de los que ahí viven, él puede comportarse como dueño de la ciudad y dejar su huella en todos los lugares donde pueda. Por eso ha impulsado cambios en espacios simbólicos de la capital. Está modificando el largo estanque frente al memorial de Lincoln para hacerlo parecer la alberca azul de alguno de sus hoteles, ha derribado la mitad de la Casa Blanca para construir un gigantesco salón de baile, la ciudad se ha llenado de obras y vallas donde él aparece vestido como constructor y hasta está impulsando crear un arco del triunfo, como el parisino, para conmemorar los 250 años de la independencia.

El caso más claro fue el Kennedy Center, el principal centro de artes escénicas de Washington. Es un recinto cultural llamado así en memoria del presidente John F. Kennedy, asesinado en 1963. Trump llegó, cambió consejeros, se hizo elegir presidente de su junta y lo rebautizó, poniendo su nombre con letras gigantes en la entrada. Para su enojo, un juez acaba de darle marcha atrás porque si el Congreso le puso ese nombre, sólo el Congreso puede cambiarlo.

Pero la cosa no termina en fachadas. El mismo patrón aparece en los programas sociales. Las nuevas Trump Accounts, una especie de fideicomiso con cuentas a nombre de niñas y niños con un depósito federal inicial, llevan el apellido presidencial como si el dinero saliera de su bolsillo y no del erario. O el llamado fondo anti-weaponization, una bolsa de mil 800 millones de dólares para indemnizar a quienes, según el propio Trump, fueron perseguidos políticamente por el gobierno, incluido él.

El paralelo con nuestra ciudad es incómodo porque parece desproporcionado. De un lado, arcos imperiales, fondos multimillonarios y pleitos por memoriales nacionales. Del otro, ajolotes, pintura morada, puentes intervenidos, obras cosméticas y mobiliario urbano convertido en propaganda amable. Pero la diferencia de escala no elimina la semejanza. El problema no es el color ni el animal elegido. El ajolote podría ser un símbolo poderoso de una ciudad lacustre que sobrevive a pesar de sí misma. El problema aparece cuando la imagen sustituye a la estrategia.

Cuando se pinta el bache antes de taparlo, cuando se decora el bajo puente antes de resolver drenaje, cuando se confunde identidad urbana con la apropiación partidista. Pintar puede ser útil y recuperar espacios puede tener valor. Pero si detrás no hay drenaje, movilidad, mantenimiento, transparencia ni planeación, la imagen se vuelve una cortina barata…

O carísima. Tal vez el parecido entre Trump y nuestros ajolotes no está en el tamaño del abuso, sino en la tentación. Cuando las instituciones dejan de poner límites, el gobernante mira la ciudad y piensa que es suya. Entonces todo se vuelve mensaje: el puente, el teatro, el estanque, el fondo, la barda. Y el mensaje casi siempre dice lo mismo: aquí mando yo.

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