El triunfo de Abelardo de la Espriella en las primarias colombianas y el anuncio del apoyo de la otra candidata de la derecha, Paloma Valencia, a esa opción de gobierno, hace avanzar más la expectativa de un giro ideológico y político en América Latina y el Caribe. El resultado, abiertamente celebrado por líderes de la misma corriente en la región, como el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, alienta, en paralelo, la candidatura de Keiko Fujimori en el balotaje peruano.
De llegar a la presidencia De la Espriella y Fujimori en las próximas semanas, toda la región del Pacífico suramericano estará en manos de la derecha. Buena parte de Centroamérica y el Caribe, también, por lo que la contención que hasta ahora han intentado desplegar Brasil con Lula da Silva y México con Claudia Sheinbaum, perderá impulso de manera irremediable.
La presión externa sobre las elecciones colombianas muestra que la tendencia a la derecha no es necesariamente espontánea o doméstica. Por supuesto que hay una inflexión en las ciudadanías gobernadas por proyectos de la izquierda, en América Latina y el Caribe, en condiciones de recesión o contracción económica, alza inflacionaria y aumento de la pobreza y la desigualdad, que las hace optar por la alternancia.
A esa oscilación pendular se superpone una fuerte agenda geopolítica que, desde Estados Unidos, busca alinear a toda América Latina en una corriente que responda de manera generalizada a las prioridades de seguridad hemisférica y control migratorio establecidas en la Doctrina Donroe. Se produce entonces una situación muy parecida, aunque ideológicamente inversa, a la del avance de la izquierda bolivariana en la primera década del siglo XXI, cuando el intervencionismo electoral del chavismo era denunciado con frecuencia.
Frente a la reorientación geopolítica que se está viviendo, las respuestas de los gobiernos de izquierda tienen el inconveniente de carecer de foros regionales, prácticamente implosionados. Si esas respuestas, como se ha visto hasta ahora, persisten en la ruta de la denuncia de fraude, que ha iniciado el presidente Gustavo Petro, es esperable que el acompañamiento brasileño y mexicano sea cada vez más tímido o poco eficaz.
La narrativa del fraude en Colombia, suscrita desde izquierdas gobernantes como la mexicana o la brasileña, en un contexto en que la propia opción de la izquierda colombiana debe jugar con las reglas del árbitro electoral y, por tanto, aceptar sus resultados de aquí a la segunda vuelta, parece tener poca recepción regional.
En todo caso, si la derecha colombiana logra consumar la alternancia en el poder en el balotaje, la ofensiva diplomática a favor del Escudo de las Américas y la Doctrina Donroe se acentuará en los meses que siguen. De producirse, en octubre, una derrota de Lula da Silva en Brasil, dicha ofensiva se volverá apoteósica y el campo de la izquierda quedaría reducido a un México sometido al T-MEC.
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