CARTAS POLÍTICAS

Narco e injerencismo

Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón
Pedro Sánchez Rodríguez. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: Imagen: La Razón de México

Luego de estar semanas sumergidos en el caso de Rocha Moya, ahora Los Angeles Times reporta investigaciones contra Alfonso Durazo, gobernador de Sonora, y Américo Villarreal, gobernador de Tamaulipas, y la supuesta cancelación de sus visas estadounidenses.

Durazo fue secretario de Seguridad de López Obrador, presidente nacional de Morena, secretario particular de Luis Donaldo Colosio y uno de los operadores más cercanos al obradorismo. Villarreal gobierna un estado fronterizo clave, atravesado por el comercio, la migración y la seguridad. Antes de Tamaulipas fue delegado de Morena. Si las acusaciones son ciertas y Estados Unidos avanza con más señalamientos, se esperaría una crisis en el régimen.

La respuesta oficial ha sido previsible. Sheinbaum habla de injerencismo. López Obrador salió desde su retiro a denunciar un plan de Estados Unidos para debilitar a Morena y fortalecer a la oposición. Los gobernadores lo niegan todo, sudan agua bendita y exigen pruebas. La pregunta que domina el debate es si Washington actúa por seguridad o por cálculo político. Quizá el dilema sea falso. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Estados Unidos puede tener investigaciones judiciales reales sobre corrupción, narcotráfico, huachicol o protección política al crimen organizado y, simultáneamente, usar esos expedientes como instrumentos de presión. Puede perseguir delitos y administrar los tiempos de las filtraciones. Puede preocuparse por el fentanilo y utilizar la amenaza penal para condicionar negociaciones comerciales, permisos, cooperación migratoria, extradiciones, energía, aranceles o el tono del Gobierno mexicano. Lo está haciendo en México, pero también en Brasil, Colombia y buena parte del mundo.

México enfrenta la evidencia brutal de su dependencia. Dependemos de Estados Unidos para exportar, atraer inversión, sostener buena parte del empleo manufacturero, contener presiones migratorias y mantener abierta la frontera económica. Importamos la mayor parte del gas natural que consumimos y, si los planes energéticos de la Presidenta no prosperan, México puede pasar de ser un país que exporta petróleo a uno que importa en cinco años.

A esa fragilidad económica y energética se suma una fragilidad política. Morena llegó al poder prometiendo separar al Gobierno del crimen y acabar con la corrupción. No hace falta una intervención militar para condicionar a un país. A veces basta con la amenaza de una investigación y la posibilidad de una detención para que la última palabra sobre quién gobierna un territorio la tenga Estados Unidos y no el pueblo de México.

Por eso el golpe es mayor. No basta con responder que Estados Unidos tiene intereses electorales, que Trump busca votos o que la derecha mexicana se alegra con cada señalamiento. Todo eso puede ser cierto. Pero no contesta la pregunta central: ¿qué hizo y no ahora sino dede hace varios gobiernos el Estado mexicano para impedir que gobernadores, policías, fiscales, aduanas, campañas y estructuras partidistas fueran capturadas por intereses criminales?

Tampoco basta invocar la soberanía y la defensa de la patria. Claro que Estados Unidos está siendo injerencista en México. Eso puede ser cierto, tanto como que en México las instituciones han sido incapaces de investigar, sancionar y limpiar la vida pública, dejando a millones bajo gobiernos con relaciones con el crimen organizado.

Lo trágico del momento es que cualquiera de las lecturas posibles resulta devastadora. Si las acusaciones son falsas o exageradas, México tiene una élite política vulnerable al chantaje de Estados Unidos. Si son ciertas, México tiene una élite penetrada por el crimen organizado. Y si ambas cosas conviven, como suele ocurrir, el país está atrapado entre los intereses del narco y de Washington. Un escenario en el que los políticos no rinden cuentas a sus electores, en donde su permanencia no depende de su desempeño, sino de expedientes que se abren al son del vecino del norte o del dinero que ofrece el crimen organizado…

Ésa es la verdad de la economía número dos en América Latina y quince del mundo, país de la región más próspera del mundo, del club de los países ricos, coanfitriona de un Mundial de futbol y principal socio comercial del país más rico del mundo.

Aprovecho estas líneas para compartir con los queridos lectores de La Razón que Cartas Políticas pasará a publicarse de forma semanal. Gracias al equipo de La Razón por su confianza y a la comunidad de La Razón que nos lee los jueves cada 15 días y ahora cada semana en sábado.

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