Cuando pensamos en la seguridad de un Mundial, los Juegos Olímpicos o un concierto masivo, la mayoría imagina policías, cámaras, militares o revisiones en los accesos. Pero la verdadera seguridad de un megaevento empieza mucho antes. Empieza desde la planeación.
Ésa fue una de las grandes lecciones que dejó Juliette Kayyem, experta en seguridad y manejo de crisis de la Harvard Kennedy School, durante el curso Major Events: Navigating Opportunities and Challenges.
La seguridad no comienza el día del evento, comienza años antes. Y la diferencia entre el éxito y la tragedia muchas veces está precisamente ahí, en la capacidad de anticiparse.

• Bartlett, 45 segundos de pullazos
EN ESPERA DE LA INAUGURACIÓN

Kayyem lo resume con una frase que hoy se ha convertido en una especie de mantra para quienes organizan grandes eventos internacionales: “We don’t do safe. We do safer”, (“No hacemos eventos seguros. Hacemos eventos más seguros”).
No existe un evento completamente seguro, lo que existe son eventos mejor preparados, porque muchas veces los gobiernos venden los megaeventos como si fueran entornos completamente controlados. Y no lo son.
Un Mundial o unas olimpiadas son operaciones gigantescas donde intervienen millones de personas, cientos de agencias, infraestructura crítica, sistemas tecnológicos, transporte, energía, comunicaciones y factores variables que simplemente no pueden controlarse al cien por ciento.
Por eso la seguridad moderna se basa en reducir riesgos y preparar escenarios.
Y hoy los riesgos son mucho más complejos que hace apenas unos años. Antes, la principal preocupación eran ataques terroristas o disturbios.
Hoy, los especialistas hablan también de drones, ciberataques, Inteligencia Artificial, fenómenos climáticos extremos, fallas masivas de comunicación, colapsos tecnológicos y desinformación digital.
Los drones se han convertido en uno de los mayores focos de preocupación mundial, ya no son solamente aparatos recreativos. Hoy pueden utilizarse para espionaje, interrupción de operaciones, propaganda, invasión de espacio aéreo o, incluso, ataques.
Por eso ciudades como Washington D.C., mantienen restricciones muy severas sobre el uso de drones. La gran pregunta es: ¿realmente existen suficientes sistemas para detener drones hostiles en eventos masivos?, porque la tecnología avanza mucho más rápido que las capacidades de protección. Y junto con los drones aparece otro desafío enorme: la ciberseguridad.
Un megaevento moderno depende completamente de sistemas digitales. Boletaje electrónico, acreditaciones, accesos, cámaras, redes de comunicación, transmisiones internacionales, transporte y monitoreo, funcionan a través de plataformas tecnológicas.
Un ataque cibernético podría paralizar partes enteras de un Mundial. Por eso, la ciberseguridad ya es considerada un asunto de seguridad nacional y requiere, necesariamente, el respaldo de los gobiernos federales.
Los especialistas internacionales reconocen que conforme se acerque el Mundial 2026, probablemente aumentará la participación del Gobierno federal en temas de inteligencia, ciberseguridad y contraterrorismo en Estados Unidos y Canadá.
La pregunta es ¿qué está haciendo México? Porque el tiempo es, precisamente, lo más importante en la preparación de un magno evento y estamos a unos días de que México sea una de las sedes mundialistas. Y es que la seguridad no puede improvisarse.
Otra de las frases memorables que compartió Juliette Kayyem refleja perfectamente esta lógica.
En seguridad, el mejor resultado es que no pase nada (In security, the best outcome is nothing).
Y, paradójicamente, cuando eso ocurre, mucha gente piensa que el gasto en seguridad fue innecesario.
Pasó en el fin de año de 1999, con el famoso temor al colapso tecnológico con el cambio de fecha del año 2000. Empresas y gobiernos gastaron miles de millones de dólares preparándose para posibles fallas informáticas masivas.
Como no ocurrió ninguna catástrofe, muchos criticaron el dinero invertido.
Pero precisamente no pasó nada porque hubo preparación.
Es exactamente igual con las vacunas o con la seguridad en los grandes eventos.
Mientras más preparados estamos, menos importancia parece tener la amenaza, hasta que ocurre una tragedia. Y, precisamente por eso, la preparación debe contemplar todos los escenarios posibles.
Los especialistas en seguridad de eventos internacionales trabajan bajo una lógica muy clara: planning all scenarios.
La seguridad de un megaevento no puede basarse solamente en criterios políticos o comerciales. Requiere especialistas, ingenieros, expertos en estructuras, profesionales en manejo de masas, especialistas en crisis, equipos de protección civil, personal técnico, porque cualquier falla puede convertirse rápidamente en una tragedia internacional.
Y, además, cada decisión tiene consecuencias. Todo tiene un precio.
Más seguridad generalmente implica más controles, más filtros, menos comodidad y mayores costos.
Por ejemplo, muchos estadios han reducido drásticamente sus espacios de estacionamiento debido a los nuevos perímetros de seguridad.
En Boston, una de las sedes del Mundial, el estadio perderá alrededor de dos mil lugares de estacionamiento porque ciertas zonas deben quedar completamente restringidas.
También se analizan revisiones con arcos de seguridad, incluso antes de subir al transporte público. Pero eso genera otra discusión: ¿cómo revisar a millones de personas sin colapsar la movilidad?
Porque mientras en ciertos puntos existen controles extremos, en otros, como en algunas entradas al Metro, prácticamente no hay revisiones.
Y, justamente, ahí aparece otro concepto central en seguridad: el equilibrio entre protección y operación.
No se puede detener completamente una ciudad durante semanas.
En un evento de un solo día, como un Super Bowl, se pueden cerrar puentes, bloquear avenidas enteras o aplicar restricciones temporales extremas. En unas olimpiadas o en un Mundial, eso no es viable.
Las ciudades tienen que seguir funcionando mientras reciben millones de visitantes, y esos visitantes, además, son personas que no conocen la ciudad.
Turistas que no entienden el idioma, desconocen rutas de evacuación, no saben usar el transporte o simplemente no comprenden los protocolos locales.
Por eso la comunicación se vuelve una herramienta crítica de seguridad.
Los residentes pueden recibir mensajes sobre cambios de horarios o rutas alternas, los turistas necesitan algo completamente distinto: traducciones, señalización sencilla, asistentes humanos, mapas, información permanente y sistemas fáciles de entender.
Una mala comunicación en la organización puede generar desorientación, caos o incluso pánico colectivo.
Y todo esto ocurre además en un entorno logístico donde los riesgos cambian constantemente.
“We live in a world of changing risks”, (“Vivimos en un mundo de riesgos cambiantes”), explican los especialistas.
La Inteligencia Artificial, por ejemplo, ya está modificando la manera en que se monitorean las amenazas, se detectan comportamientos sospechosos o se manipula información.
Los eventos masivos de hoy enfrentan desafíos completamente distintos a los de hace apenas cinco años.
Y, precisamente por eso, la seguridad moderna requiere preparación permanente. No se puede escatimar en experiencia, tiempo ni dinero. Idealmente se necesitan las tres cosas.
Al final, el éxito de un megaevento no se mide únicamente por los goles, las medallas o el espectáculo. El verdadero éxito es que millones de personas entren, disfruten y regresen a casa sin que ocurra una tragedia.
Y eso empieza mucho antes del primer partido con la planeación.

De soberanías e injerencias

