Lo que ha sucedido en Perú vuelve a plantear la coexistencia entre fragmentación y polarización en la política latinoamericana. Con frecuencia, el choque binario entre dos fuerzas políticas es la forma en que se expresa un mapa atomizado de opciones de gobierno. Si en la primera vuelta electoral peruana, el campo político del país aparecía subdividido en, por lo menos, cinco candidaturas con más de 10 por ciento cada una, ahora, en el balotaje, la entidad política se divide en dos partes casi iguales.
No hay manera convincente de categorizar esas dos mitades. No se trata exactamente de la división entre pobres y ricos, entre derecha e izquierda, entre el voto fujimorista y el antifujimorista o el castillista y el anticastillista.
Uno de los elementos que disuade ante cualquiera de esos binarismos es que Roberto Sánchez, el candidato de la izquierda, moderó considerablemente su programa entre la primera y la segunda vuelta, con el propósito de ganar el voto de centro.
En la primera vuelta, Sánchez se presentó como partidario y continuador de Pedro Castillo. La afiliación castillista le atrajo una base de izquierda, pero también le atribuyó orientaciones ideológicas u objetivos políticos que no son los suyos.
Sus críticas a Julio Velarde, el presidente del Banco Central, y sus llamados a reformar la Constitución fujimorista de 1993, demanda que muchos ciudadanos comparten en el Perú, asociaron a Sánchez con el reportorio de las viejas izquierdas bolivarianas.
El candidato tuvo que ajustar su programa entre la primera y la segunda vuelta y hacer explícito que no planea remover a Velarde de su puesto ni atentar contra la autonomía del Banco Central. De hecho, la demanda de un nuevo proceso constituyente ha tenido menos peso en el último tramo de la campaña de Sánchez, quien, a su vez, capitaliza la necesidad de reforma constitucional que muchos actores peruanos suscriben como ruta para salir de una crisis política tan prolongada.
La polarización de lo fragmentario explica el alto porcentaje de votos obtenidos por Sánchez. No sabemos aún si ese porcentaje lo hará vencedor frente a Keiko Fujimori. Lo que sí podemos anticipar es que gane quien gane la presidencia, la fragmentación regresará al Perú por la vía del Congreso. Y es ahí, en la permanente tensión entre el parlamento y la presidencia, donde Fujimori tiene la ventaja sobre Sánchez, por contar con una facción legislativa y una base partidaria más cohesionadas.
Ni los resultados electorales de la segunda vuelta, ni el efecto que esos números tendrán en el desequilibrio de poderes en Perú, significarán un desenlace cerrado o definitivo. En cuanto termine el cómputo arreciará la lucha política entre la presidencia de la República y un congreso poderoso, acostumbrado a decidir la suerte de los mandatarios. Vienen meses turbulentos para la política peruana y más vale acostumbrarse a los finales abiertos y sorprendentes, como en las mejores películas.
De aliados a no saber qué hacer con ellos
