Por su impacto y trascendencia, el futbol es un fenómeno cultural con una enorme capacidad de producir y reproducir modelos de referencia, sobre todo de los ideales asociados a la masculinidad y el poder. Cerca de 270 millones lo practican en el mundo. El más reciente clásico entre el Barcelona y el Real Madrid tuvo una audiencia global de 650 millones de espectadores. La final del Mundial de Qatar en 2022 entre Argentina y Francia alcanzó una audiencia histórica de 1,500 millones de espectadores a nivel global.
En su artículo En el armario del futbol español, Bárbara Ayuso dice: “Es una imagen conocida por cualquiera que frecuente un estadio, tanto que muchos han dejado de verla. El hincha ensancha el pecho, forma un altavoz con las manos y dirige su voz hacia el jugador: ¡maricón! ha fallado un penalti o quizá se trata de que lo falle. En el futbol el insulto homófobo sirve para todas las circunstancias. Ocurre con impunidad, se repite y se corea con pasión”. La homofobia, lejos de ser una excepción, es una parte significativa del fenómeno del futbol, que sirve para la afirmación de las virilidades tóxicas. En la liga española ningún jugador se ha declarado abiertamente homosexual, en la mexicana tampoco. Según el delantero Antoine Griezmann, “los futbolistas no salen del armario, porque tienen miedo a que les insulten”. Homofobia, sexismo y todo tipo de exaltaciones extremistas encuentran un caldo de cultivo óptimo en un espacio altamente masculinizado que sigue siendo así tanto en la práctica como en la cultura futbolística. La desigualdad extrema en el futbol queda evidenciada con los salarios que reciben los jugadores y las jugadoras. El futbol no es violento por definición ni sexista por naturaleza ni tampoco la mayoría de los aficionados, pero sí la cultura dominante del futbol actual, que discrimina a las mujeres, tolera la homofobia y naturaliza la violencia y la agresividad como sinónimo de virilidad.
El futbol es tal vez lo que le da sentido a la vida de muchos, especialmente a los varones, que encuentran en este deporte un pretexto para vincularse y festejar con sus amigos. Los siguientes serán días de euforia y preocupación. El amor a la camiseta es una manifestación de nacionalismo. Los árbitros, los que fallan penaltis, el equipo que frustra las expectativas de triunfo, se convierten en catalizadores de enojo y frustración. En Futbol y fascismo, de Cristóbal Villalobos, se lee lo siguiente: “El futbol se convierte de esta manera en un mecanismo para propagar el sentimiento de patria, que el fascismo equipara a la identificación con el régimen; se ensalzan la pertenencia al grupo, la fidelidad, la disciplina y la supeditación de los intereses particulares a los colectivos”.

La vulnerabilidad del Gobierno mexicano
No son raros quienes declaran sentir euforia o tristeza dependiendo de los resultados de un partido. El fenómeno del fanatismo se presenta con gran fuerza en estos días. El fanático es aquel entusiasmado ciegamente por una cosa; el entusiasmo apasionado parte de la idealización de esa cosa que se defiende. La idealización es una necesidad humana, mediante la que se proyecta fuerza, poder e infalibilidad en personas, organizaciones o equipos de futbol. Los aficionados idealizan a un equipo para recuperar las figuras idealizadas de la infancia. La Selección Nacional representa un líder ideal a seguir, pero hay que agregar otro elemento para explicar el enganche apasionado del admirador con su ídolo, que es la necesidad de pertenencia e identificación con un grupo. Es la dimensión social la que anima esta necesidad de formar parte de algo más grande, que da seguridad y alegría por la hermandad. El fanático encuentra al líder que necesita, pero también a los hermanos que ve en los demás aficionados y en los jugadores.
Fanatismo futboleroValeria Villa

• El Fan Fest de Claudia, Clara y Janecarlo

