La firma oficial del acuerdo de entendimiento entre Estados Unidos e Irán no pudo haberse realizado en un lugar más simbólico: el Palacio de Versalles. En el mismo sitio donde Alemania y sus aliados firmaron su derrota tras la Primera Guerra Mundial, el presidente Trump suscribió lo que, sin lugar a dudas, representa una de las derrotas más importantes en la historia reciente de Estados Unidos.
El presidente ha tratado de cambiar la narrativa, argumentando que se trata de una victoria. Es probable incluso que él mismo esté convencido de ello, pues de otro modo parecería un grave error haber aceptado firmar en un lugar cargado de semejante simbolismo histórico. Sin embargo, incluso dentro de su círculo más cercano saben que el acuerdo constituye una humillación para la superpotencia.
Se trata, por ahora, de un acuerdo de entendimiento y no de un tratado definitivo. Un acuerdo de este tipo funciona más como una hoja de ruta que establece los principios y temas que guiarán las negociaciones posteriores entre las partes, un proceso que puede tardar meses e incluso años.
Para comprender la magnitud de la derrota es necesario retroceder algunos años. Durante su primer mandato, el presidente Trump decidió retirarse del acuerdo nuclear firmado por su predecesor, Barack Obama, conocido como JCPOA. Dicho acuerdo había logrado detener el programa nuclear iraní, establecer un régimen intensivo de inspecciones internacionales y limitar el enriquecimiento de uranio.
Con el argumento de que el acuerdo no trataba adecuadamente la influencia iraní en la región, el financiamiento de grupos aliados ni su programa de misiles balísticos, y que además otorgaba importantes beneficios económicos a Teherán, Trump decidió abandonarlo. Como consecuencia, y en respuesta a las nuevas sanciones económicas, Irán reanudó su programa nuclear, alcanzando niveles de enriquecimiento de uranio extremadamente preocupantes y acercándose a la capacidad de producir un arma nuclear en cuestión de meses.
A pesar de ello, los bombardeos israelíes durante la primera ronda de enfrentamientos entre ambos países, sumados al creciente descontento popular y a las enormes manifestaciones contra el régimen, habían colocado a la República Islámica en una posición de gran vulnerabilidad. Convencido de su propia capacidad y seducido por las fantasías de Netanyahu, Trump se embarcó entonces en una operación ambiciosa cuyo objetivo era provocar la caída del régimen iraní. Irán respondió, sumiendo a toda la región en el caos y cerrando el estrecho de Ormuz, lo que desencadenó una crisis económica internacional.
Sin herramientas efectivas para presionar a Irán más allá de una invasión terrestre, Trump terminó aceptando prácticamente todas las concesiones posibles: el programa de misiles iraní podrá continuar; el estrecho de Ormuz será reabierto, pero con una influencia iraní reforzada sobre el comercio regional; Irán se compromete a no desarrollar armas nucleares, aunque por el momento sólo sobre el papel; y, por si fuera poco, Estados Unidos deberá pagar miles de millones de dólares en reparaciones.
En otras palabras, Trump abandonó el acuerdo de Obama para terminar regresando a algo muy parecido. La diferencia ahora es que el proceso costó vidas, recursos incalculables, meses de guerra y una enorme cantidad de capital político. Peor aún, terminó fortaleciendo a la dictadura teocrática iraní, que hace apenas unos meses parecía encontrarse al borde del colapso.
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