ACORDES INTERNACIONALES

Expediente Irán. Dos relatos para una misma pausa

Valeria López Vela. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón Foto: larazondemexico

El Memorándum de Islamabad ha entrado en una fase más delicada que la firma: la de la interpretación. En diplomacia, un texto no vale sólo por lo que dice, sino por la manera en que cada capital consigue hacerlo comprensible ante su propia opinión pública. Washington y Teherán no están leyendo el mismo documento. Administran dos relatos incompatibles sobre una misma pausa.

Al remitir el texto al Congreso, la Casa Blanca convirtió el acuerdo en expediente de política interna. No lo presentó como concesión, sino como demostración de fuerza. La fórmula fue deliberadamente nítida: America First, paz por superioridad, Ormuz reabierto, guerra contenida e Irán sin armas nucleares. La administración Trump pelea contra una sola lectura: la que asimilaba el memorándum a una reedición del pacto de Obama. De ahí su insistencia en una retórica precisa —no hubo apaciguamiento, sino coerción exitosa; no transferencia gratuita de recursos, sino concesiones arrancadas bajo presión militar.

Pero el Congreso impone otra temporalidad. Allí el acuerdo deja de ser épica presidencial y se vuelve interrogatorio: quién cedió, quién paga, quién verifica. Una parte del republicanismo disciplinado acompañó a Trump bajo la vieja liturgia de la paz por fuerza. Otra, más halcón, reconoció en el alivio petrolero, en el fondo de reconstrucción y en la ventana de 60 días una sospecha familiar: que Washington vuelva a financiar la supervivencia estratégica de Teherán. Por eso Rubio tuvo que ir al Golfo. Su gira no fue sólo regional; fue, ante todo, doméstica. Debía probar que el acuerdo ni abandona a los aliados árabes ni canjea seguridad por crudo barato.

En Teherán, la operación narrativa es la inversa. La publicación íntegra del texto buscó demostrar que Irán no capituló. Ghalibaf fue más lejos y elevó el memorándum a la categoría de declaración de derrota estadounidense. El régimen necesita que cada cláusula —Ormuz, sanciones, activos congelados, no injerencia— se lea como restitución de soberanía, no como contrapartida. La paz debe parecer victoria de la resistencia y no producto del desgaste. Por eso el lenguaje oficial no admite la palabra concesión y prefiere reconocimiento; rehúye repliegue táctico y proclama soberanía recuperada.

La sociedad iraní, en cambio, lee con menos solemnidad ideológica. Hay alivio por el fin de la guerra, esperanza ante unas sanciones quizá menos asfixiantes, rabia por los años perdidos y desconfianza simultánea hacia Washington y hacia el propio régimen. Para buena parte de los iraníes, el memorándum habla demasiado de barriles, rutas marítimas y fondos descongelados, y demasiado poco de vidas ordinarias: represión, inflación, futuro.

Ahí reside la fragilidad de Islamabad. En Washington, el acuerdo debe sobrevivir a la acusación de debilidad. En Teherán, a la acusación de entrega. Y entre esas dos defensas de prestigio se cuela la pregunta decisiva: si la paz sólo recompone Estados o también alcanza a las personas.

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