La expresión “el cuento de nunca acabar” viene de los antiguos cuentos populares orales que se repetían en círculo y no tenían un final verdadero. Por ejemplo: “Éste era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?”. Cuando la persona respondía que sí, el narrador comenzaba exactamente desde el principio. También existían relatos que terminaban enlazándose con su propio inicio, por lo que podían repetirse indefinidamente.
Con el tiempo, la expresión dejó de referirse solamente a esos juegos infantiles y empezó a utilizarse para describir un problema, discusión o asunto que se prolonga, se complica y parece no terminar jamás. Ése es también el significado que recoge la Real Academia Española, por ejemplo: “El problema del huachicol”.
Ese jugoso negocio existía desde hace mucho tiempo, cuando los delincuentes, en colusión con autoridades y funcionarios de Pemex, perforaban los ductos y extraían hidrocarburos que después eran vendidos de manera ilegal a distribuidores y concesionarios de gasolineras. Después migró a una modalidad un poco más legal. Todo comenzó como una alternativa para bajar el precio de los hidrocarburos, permitir la competencia entre empresas y darles opciones a los consumidores; sin embargo, terminó convirtiéndose en una bola de nieve que hoy se hacen esfuerzos por controlar.
La modalidad es en tres vías. La primera: comprar el producto en Estados Unidos, importarlo al país con documentación falsa, almacenarlo y venderlo. La segunda consiste en comprar el producto en otros países, introducirlo de manera ilegal a territorio nacional en barcazas, presentando documentación falsa; después enviarlo a Estados Unidos, procesarlo allá (ahí está el caso de los Jensen), introducirlo nuevamente al país con documentación falsa y venderlo. La tercera es la más antigua y ya comentada aquí: la de perforar los ductos.
Este jugoso negocio convirtió a mortales ordinarios en millonarios de la noche a la mañana. Sólo les bastó un poco de osadía para que amasaran fortunas que de ninguna otra manera hubieran conseguido. Sin embargo, ese dinero también sirvió para financiar a organizaciones criminales, y eso ya no le encantó a Estados Unidos. Por eso hoy sigue dando la lucha contra quienes continúan lucrando con el comentado negocio.
Esta semana, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a dos mexicanos y nueve empresas por su presunta participación en una red de contrabando y comercialización ilegal de combustible vinculada con el Cártel Jalisco Nueva Generación. De acuerdo con las autoridades estadounidenses, la estructura utilizaba documentos aduanales falsos, empresas fachada y operaciones financieras para trasladar hidrocarburos entre ambos países.
Pero el tamaño del negocio es todavía más escandaloso. En los doce meses posteriores a una alerta emitida en mayo de 2025, las instituciones financieras presentaron más de 160 reportes de operaciones sospechosas por movimientos que superaron los siete mil millones de dólares, principalmente en Texas y Florida. Ya no estamos hablando de unas cuantas pipas que cruzan la frontera, sino de una estructura empresarial, financiera y criminal que mueve cantidades enormes de dinero.
Las sanciones implican el bloqueo de bienes y cuentas bajo jurisdicción estadounidense, además de la prohibición para que ciudadanos y empresas de ese país realicen operaciones con los señalados. Hoy fueron dos mexicanos y nueve empresas, pero las investigaciones financieras apenas comienzan a revelar hasta dónde llegan estas redes. Cambian los nombres, cambian las empresas y cambian las formas de operar, pero el negocio continúa. Como aquel gato con los pies de trapo y los ojos al revés: termina una historia y comienza otra vez, “el huachicol de nunca acabar”.
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