Los que sacaron vivo a Klieber Morán del edificio Los Corales Garden, en La Guaira, no eran venezolanos. Eran bomberos jordanos, el sexto día bajo el sol, escarbando donde el gobierno ya había dado por perdida la estructura. Al niño lo cargaron entre gritos, como se saca lo que uno creía muerto. Fue, hasta donde se sabe, el único rescate con vida de esa jornada.
Y resume, mejor que cualquier cifra oficial, algo que en Caracas nadie dice en voz alta: sin el resto del mundo, este terremoto la habría enterrado.
Los números ayudan, aunque cambien cada hora. Van casi mil 943 muertos, decenas de miles de desaparecidos, unas 16 mil personas durmiendo a la intemperie. Pasadas las 72 horas, la operación dejó de buscar sobrevivientes y empezó a hacer lo otro, lo feo: levantar cuerpos, mover escombro, frenar la epidemia que ya asoma.
¿Y quién sostiene esa maquinaria? Otros. La ONU coordina; entre 27 y 30 países mandaron gente, con más de tres mil 600 rescatistas y arriba de mil toneladas de material. Washington despachó 89 toneladas; UNICEF, 47 en insumos médicos; el Programa Mundial de Alimentos anda tras 50 millones de dólares para dar de comer a medio millón de personas durante tres meses. México, Ecuador, España, Colombia, la India, el Vaticano. Perros, camillas, hospitales que llegan en cajas.
Y entre ellos, los de casa: junto a la brigada militar mexicana cruzó el Caribe CADENA, el cuerpo civil de rescate curtido en cada temblor del país, con sus voluntarios metidos hasta el codo en los escombros de La Guaira. Para ellos, rescatar no es oficio sino la costumbre aprendida en nuestras propias tragedias.
Y no es cuestión de ganas. Hay cosas que no se improvisan. Un perro de rescate homologado no se entrena en una semana. La escucha técnica bajo una losa de 12 pisos no la hace un voluntario con buena voluntad. El Método Arcón que trajeron los bomberos españoles a Playa Grande es un oficio de años. Venezuela, hoy, no tiene ni la maquinaria ni el combustible ni el mando para eso, y se nota.
No idealizo la ayuda. Llegó tarde a muchos lados y aterrizó sobre un Estado quebrado. Le Monde y El País contaron lo que la televisión oficial no filma: vecinos rascando el concreto con las manos, con picos, con lo que hubiera, porque las máquinas prometidas nunca aparecieron. Esa solidaridad de barrio tapó, a puro brazo, el agujero que dejó el poder.
Pero seamos claros sobre qué salva y qué no. Los extranjeros pueden montar un quirófano de campaña y clorar el agua; lo que no pueden montar es un país. El catastro de daños, las rutas abiertas, los hospitales que funcionen, una cadena de mando que no se derrumbe junto con los edificios: eso sólo lo pone un Estado, y ese es justo el que falló.
Quiten a los tres mil 600 rescatistas, las mil toneladas, los perros y los hospitales en caja. Lo que queda no es una respuesta más pobre. Es nada. Venezuela no puede sola, y admitirlo hoy no es humillación: es la única forma de que mañana entierre menos gente.
“Informantes”
