Hace 20 años, un 2 de julio, como nunca en la historia democrática, los mexicanos se fueron a dormir sin la certeza de quién había ganado la elección presidencial.
La contienda había sido tan cerrada, que en el INE determinaron no dar los resultados del conteo rápido, aunque en ellos ya se establecía una mínima ventaja de quien al final ganaría la contienda.
En esas horas y días posteriores, se anidaron muchos de los mitos que aún corroen a nuestra vida pública y, de modo particular, los del supuesto fraude.

• Consideración en Michoacán
La diferencia entre Felipe Calderón, el abanderado del PAN, y Andrés Manuel López Obrador, por el PRD, resultó mínima: 0.56%, lo que representó unos 233 mil votos. 35.89% contra 35.31 por ciento.
Luego del cierre de las casillas, se trató de establecer la narrativa de que se habían perdido 3 millones de votos. Quienes impulsaban ese cuento, conocían la verdad, porque habían consultado, con recurrencia, el apartado de actas con inconsistencias. Los votos se contaron por los ciudadanos y todo se podía cotejar.
Vendría la petición de “voto por voto, casilla por casilla”, que era imposible e inútil en esos momentos, porque se requerían, justamente, de irregularidades denunciadas en los puntos de votación.
Lo que sí ocurrió, es que en el cómputo distrital se abrieron y recontaron 2 mil 873 paquetes electorales, el 2.2% de las 138 mil 778 casillas instaladas.
Luego el TEPJF ordenaría el recuento de otros 11 mil 839 paquetes, el 9.05% del total.
En esos ejercicios no variaron los resultados y se confirmaron los datos que en términos generales ya se tenían. La Sala Superior del Tribunal Electoral concluiría que la elección se apegó a los estándares democráticos, aunque reprochó las intromisiones del presidente
Vicente Fox.
López Obrador nunca reconoció que perdió la contienda y menos aún, que se debió, en gran medida, a sus errores durante la campaña. Espantó a segmentos del electorado que le eran indispensables en un escenario de alta competencia.
Calderón, en cambio, leyó asertivamente lo que ocurría en un panorama de polarización, donde caló la estrategia de mostrar lo que serían peligros para México si triunfaba la opción de la izquierda.
Una de las lecciones de aquellos días es que las instituciones electorales, el INE y el TEPJF, tuvieron la solidez para encarar uno de los retos mayores, hasta ese momento, de la historia democrática en nuestro país.
Se pudo determinar ganador, aunque fuera por la mínima diferencia, y ello mostró el compromiso de los ciudadanos que contaron los votos en las casillas y de las instituciones que protegieron los resultados.
Vendrían nuevas reformas, para satisfacer las exigencias del PRD y de López Obrador, en términos de comunicación política.
Quizá el error más grave fue no aquilatar lo que se había engendrado o había mostrado su rostro: una enorme fuerza política que trabajaría contra la democracia. Ahí estaba y no lo vimos.

Las campañas y el narco

