ARQUETIPO FUTBOL

A mano, Mano

Daniel Alonso<br>*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>&nbsp;<br>
Daniel Alonso*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.  Foto: larazondemexico

Recuerdo como si fuera ayer, aquel partido de eliminatoria ante Estados Unidos en 2001, que representaba una serie de juegos a matar o morir rumbo al Mundial de Corea y Japón en 2002. Era el debut de Javier Aguirre como entrenador nacional y su primer rescate del Tricolor, no había margen de error, ya que la clasificación se había complicado por el “aztecazo” propinado por Costa Rica. Fue un lleno espectacular aquel domingo y el juego resultó bastante tenso y que culminó con la victoria mexicana con gol de Jared Borgetti, arropado por la base de aquel Cruz Azul de Libertadores: Melvin Brown, Palencia, Tomás Campos, Conejo Pérez y Johan Rodríguez.

Nadie en aquel momento, de los 100 mil espectadores que aún cabían en el Azteca, ninguno se podría imaginar que el final de esa historia llegaría 25 años después en el mismo lugar.

Desde aquel ya algo lejano 2002, puedo reconocer que por primera vez vi a Javier Aguirre afectado emocionalmente. En su primera etapa, después de la dolorosa derrota ante Estados Unidos, fue un Aguirre desconcertado, casi como en shock por no entender cómo nuestro rival en el papel inferior, nos ganó. Ante Argentina, en 2010, era un Vasco Aguirre fastidiado, casi enojado, y que quedó enmarcado en aquella conferencia de prensa previa en donde se “ocultó” tras su gorra.

Esta vez fue muy diferente, casi con voz entrecortada, se despidió para siempre de la Selección Mexicana, del Estadio Azteca, con un sentimiento de tristeza por la despedida, pero también por la derrota que tuvo un sabor muy diferente a los otros dos mundiales; esta vez México estuvo en el partido los 90 minutos, esta vez compitió de tú a tú ante un rival de gran jerarquía y fueron errores muy puntuales, además de burdos, los que le costaron a México la derrota. En esta cruel pasión de siempre comparar hasta las tragedias, muchos se preguntaron cuál había sido la más dolorosa, para Javier: estoy seguro de que la del domingo ante Inglaterra, porque durante gran parte del juego los tuvimos en la palma de la mano.

Hay algo que también el ahora exentrenador de México comentó con acierto, le devolvió el alma a un equipo que desde hace muchos años había perdido el amor a la camiseta, el amor de jugar por el orgullo, más que por otros intereses; y como bien dijo, ojalá ese sentimiento de querer representar a México se contagie a todos los futbolistas. Lo escribí poco antes de iniciar el Mundial, el ambiente era frío, de indiferencia, pero esas características han sido así desde hace tiempo cuando se trataba del equipo mexicano. Una vez arrancó el Mundial, y el equipo mostró garra, corazón y entrega, la gente se contagió y salió a las calles como nunca.

Lo vivido en el Estadio Azteca el domingo pasado queda enmarcado para la historia de los mundiales, lo recalcaron jugadores ingleses y Thomas Tuchel: “no fue un ambiente de octavos, parecía una autentica final”. La afición salió triste, pero al mismo tiempo se mostró conforme con el papel del equipo mexicano con el partido, y claro, con lo que se hizo en la Copa del Mundo en el regreso a nuestro país. La imagen del equipo mexicano totalmente desconsolado en el centro del campo, mientras los ingleses festejaban, es una postal que ojalá motive a directivos y dueños del futbol mexicano a entender finalmente que hay mucho que corregir, para que ganar se vuelva un hábito. Y sí Javier, coincido contigo, creo que estás a mano con el futbol mexicano. Este Mundial 2026 será inolvidable para la afición mexicana.

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