Los alegatos sobre fraude han sido recurrentes en lo que respecta a las contiendas presidenciales. Lo que ocurrió en 2006 concentra la atención por lo cerrado de la disputa, pero vale detenerse en otros momentos que dan cuenta de esa indisposición de la izquierda, o una parte de ella, que le impide aceptar resultados desfavorables.
Esto, lejos de ser anecdótico, es una falla estructural de nuestra democracia que explica, aunque sea en parte, lo que ha ocurrido en los últimos años.
En 2012, los partidarios de Andrés Manuel López Obrador presentaron ante el TEPJF, como prueba viviente “del atraco electoral”, un chivo, tres gallinas y dos patos.

• Nadie con Lenia
Alguna vez un magistrado de la Sala Superior, ya en retiro, me comentó divertido aquella anécdota que le tocó presenciar y de algún modo juzgar, que, vista en su momento, perecía inverosímil o producto de la picaresca que acompaña, por momentos, a nuestra vida pública.
Desconozco qué habrá sido de los pobres animales, pero sí que hay claridad de que eso no sirvió para desacreditar un proceso que, si bien no estuvo ajeno a críticas y escándalos, arrojó un resultado claro.
En todo caso, la batalla jurídica se dio en los entretelones del financiamiento dudoso y de los apoyos mediáticos, supuestos o reales, que pudieron distorsionar resultados. Todo ello, hay que decirlo, se desechó como factor que pudiera afectar la calidad democrática de la disputa por el poder político.
Enrique Peña Nieto, el candidato del PRI, alcanzó 38.21%; Andrés Manuel López Obrador, del Movimiento Progresista, 31.61%; la panista Josefina Váquez Mota llegó al 24.38% y Gabriel Quadri, de Nueva Alianza, 2.29 por ciento.
La diferencia entre el primero y el segundo lugar impedía sustentar la teoría del fraude y, por ello, buena parte de las arengas se centraron en “la manipulación” de las franjas ciudadanas que optaron por la opción vencedora.
Eso alienta otra de las expresiones clásicas de quienes no saben perder: cuando el pueblo vota por el adversario es que se encuentra enajenado o confundido, mientras que el sufragio propio es visto como muestra de conciencia y educación política.
Esto permite olvidarse del engorroso trámite de reflexionar por qué ocurre lo que ocurre durante una campaña, y cuáles son las ideas y planteamientos que arrojan un resultado u otro.
Quien tenía muy claro este asunto era Manuel Camacho Solís, quien sí ponderó el avance logrado por López Obrador, en un escenario que, de arranque, parecía muy difícil.
Pero como no se trataba de someterse a la voluntad popular sino de distorsionarla, se optó por el absurdo de fabricar pruebas con animales probablemente adquiridos en el mercado de Sonora.
Sí, un chivo, tres gallinas y un pato, no probaban nada, pero daban pistas ya de que no existirían límites en las denuncias y que, en todo caso, habría tiempo para ajustar cuentas con esos magistrados electorales incrédulos. Pasarían seis años, pero llegaría la hora.

Rocha pasa lista de presente

