Por primera vez desde 1999, cuando el excomandante de las Fuerzas de Defensa de Israel y entonces líder del Partido Laborista, Ehud Barak, derrotó a Benjamin Netanyahu en las urnas, Bibi se enfrenta a un rival de verdadero calibre que tiene posibilidades reales de vencerlo en octubre: el exgeneral Gadi Eisenkot.
A pesar de que Netanyahu y su coalición, con especial intensidad desde 2023, han debilitado las bases de la democracia israelí, hasta este momento las elecciones en Israel han sido limpias. Netanyahu, quien a mi parecer es el peor primer ministro de la historia de Israel, es, sin embargo, el mejor haciendo campañas electorales. Sus capacidades discursivas, su astucia política, su falta de escrúpulos y su visión de corto plazo —en la que la política consiste en sobrevivir y alcanzar objetivos inmediatos, pasando de una crisis a otra— han sido armas letales en la política israelí.
Su única derrota electoral desde 1999 llegó en 2021, y no se debió a una victoria contundente de sus rivales, sino a una estrategia política mediante la cual el entonces líder de Yamina, Naftali Bennett, quien había obtenido apenas siete de los 120 escaños de la Knéset, decidió formar una coalición con partidos del centro y la izquierda.
Esta semana, por primera vez en décadas, Eisenkot apareció como el líder en las encuestas sobre las preferencias de los israelíes para ocupar el cargo de primer ministro: 46 % frente al 36 % de Netanyahu. Aunque en términos de escaños parlamentarios Eisenkot todavía no cuenta con los números necesarios para formar una coalición alternativa a la que hoy gobierna, este dato no es menor. Por primera vez en años, en un país donde varias generaciones de niños y jóvenes prácticamente no conocen otro liderazgo que el de Netanyahu, Eisenkot ha roto un techo que parecía inamovible.
Eisenkot representa, en muchos sentidos, lo opuesto a Netanyahu. Hijo de inmigrantes marroquíes de clase trabajadora, es un general de pocas palabras y escaso carisma, aunque igual de inteligente. Sin embargo, precisamente por esas características posee una cualidad de la que Netanyahu carece: la confianza de la gente. Los israelíes confían en sus intenciones, en su palabra, en su visión estratégica y, sobre todo, en su capacidad para devolverles seguridad después de casi tres años de guerra.
Además, el hijo de Eisenkot murió combatiendo en Gaza. Eisenkot no es solo un exjefe militar y un político; también es el padre de un soldado caído. En una sociedad marcada por el conflicto, ese hecho tiene un enorme peso simbólico. Muchas personas creen en quien ha pagado el mayor precio posible y, aun así, promete un cambio para el país.
Su estrategia política también resulta novedosa. Aunque muchas de sus posiciones coinciden con las del centroizquierda, ha entendido que, en una época en la que las emociones pesan tanto o más que los programas políticos, su crecimiento depende de conectar con sectores que tradicionalmente han apoyado al Likud.
La mayoría de los israelíes desea un cambio y no quiere que Netanyahu continúe en el poder. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo parece existir un candidato capaz no solo de consolidar el voto del centro del país y de las clases medias y altas, sino también de penetrar en el electorado tradicional de Netanyahu.
Rocha pasa lista de presente
