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La Guelaguetza: el valor de dar y recibir

Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.<br>
Bibiana Belsasso. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

En un mundo donde con frecuencia parece imponerse el individualismo, donde muchas veces la competencia desplaza a la solidaridad y donde pareciera que cada uno mira únicamente por sí mismo, existen tradiciones que nos recuerdan que una sociedad también se construye compartiendo. Eso representa la Guelaguetza.

Durante los próximos dos lunes, Oaxaca volverá a celebrar una de las festividades culturales más importantes de México. Miles de personas llegarán al estado para admirar los bailes, los trajes típicos, la música, la gastronomía, el mezcal y la riqueza artesanal de sus comunidades. Sin embargo, reducir la Guelaguetza a un espectáculo folclórico sería quedarse únicamente con la parte visible de una celebración, cuyo verdadero significado va mucho más allá.

Como explica la historiadora del arte y gestora cultural Gloria Esther Reyes Luna, la esencia de la Guelaguetza está contenida en una palabra: dar.

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TRADICIÓN VIVA

Celebración del Lunes del Cerro en la edición 2025 de esta festividad en la capital oaxaqueña.
Celebración del Lunes del Cerro en la edición 2025 de esta festividad en la capital oaxaqueña. ı Foto: Cuartoscuro

La propia palabra Guelaguetza significa precisamente ofrecer, compartir y entregar a los demás aquello que cada comunidad produce con orgullo. No nació como una fiesta turística ni como un festival para entretener visitantes. Surgió como una expresión comunitaria ligada al ciclo agrícola.

De acuerdo con Reyes Luna, desde hace más de un siglo las comunidades de las distintas regiones de Oaxaca acudían a los Valles Centrales, durante la temporada de las primeras cosechas, para compartir lo que la tierra les había dado.Llegaban con café, frutas, pan, plátanos, mangos, flores, maíz o cualquier producto característico de su región. No iban a venderlo. Iban a ofrecerlo.

Ese intercambio material simbolizaba algo mucho más profundo: reconocer que la prosperidad tiene sentido cuando también beneficia a los demás, y ese espíritu continúa vivo hasta nuestros días.

Hay muchos eventos en donde personas de las distintas comunidades llevan sus productos. Por eso, al terminar muchas de las presentaciones, los integrantes de las delegaciones lanzan al público los productos representativos de sus comunidades.

No es un simple recuerdo para los asistentes. Es la representación viva de esa antigua tradición de compartir.

Quizá la danza más conocida sea la Flor de Piña, proveniente de Tuxtepec. Las mujeres cargan orgullosamente una piña durante toda la coreografía y al final la ofrecen al público, como símbolo de aquello que produce su tierra. Lo mismo sucede con muchas otras delegaciones. Cada una entrega aquello que la identifica y que constituye motivo de orgullo para su comunidad.

Porque la Guelaguetza nunca ha tratado únicamente de bailar, ha tratado siempre de compartir.

Como explica Gloria Esther Reyes, las comunidades presentan aquello que las define: una fiesta patronal, una boda, un bautizo, incluso las ceremonias relacionadas con la muerte. Cada danza refleja la identidad de un pueblo y la manera en que entiende la vida.

Detrás de esos 10 o 15 minutos que el público observa en el escenario, existe un año completo de preparación. Las comunidades ensayan durante meses. Elaboran cuidadosamente cada traje. Conservan los peinados tradicionales. Mantienen intactas las coreografías originales. Existe incluso un comité que visita durante todo el año las ocho regiones del estado para verificar que las delegaciones respeten la autenticidad de sus tradiciones.

Se busca conservar las tradiciones. Ese esfuerzo explica por qué la Guelaguetza sigue siendo una de las manifestaciones culturales más auténticas del país.

Oaxaca tiene cerca de 570 municipios y prácticamente cada uno conserva expresiones culturales propias. En cada edición participan decenas de delegaciones que representan la enorme diversidad cultural del estado.

Durante mucho tiempo, sin embargo, esa riqueza no siempre fue motivo de orgullo. Gloria Esther Reyes Luna recuerda que hace apenas unas décadas muchas personas ocultaban sus raíces indígenas, evitaban hablar su lengua materna, o incluso sentían vergüenza de dedicarse a los oficios artesanales heredados por sus familias.

Ser tejedor, hablar una lengua originaria o pertenecer a una comunidad indígena llegó a ser visto como motivo de discriminación.

Afortunadamente, esa percepción comenzó a cambiar. En los últimos años ha resurgido un profundo orgullo por las raíces oaxaqueñas. La difusión del trabajo de los artesanos, la valoración internacional de los textiles, el reconocimiento de los alebrijes, el auge de la gastronomía tradicional y el creciente prestigio del mezcal han contribuido a que muchas familias recuperen con orgullo sus tradiciones.

Hoy, los niños heredan los trajes que antes usaron sus padres o sus abuelos. Las nuevas generaciones aprenden las mismas danzas que bailaban sus antepasados. Las comunidades vuelven a sentirse orgullosas de mostrar aquello que las hace únicas.

Ése quizá sea uno de los mayores logros de la Guelaguetza: no solamente preserva una tradición, fortalece la identidad. Y esa identidad no se limita al espectáculo del Auditorio Guelaguetza.

Durante todo julio, Oaxaca se transforma en una enorme celebración cultural. Este año, las Fiestas de Julio se vivirán durante dos semanas completas y tendrán su momento culminante los lunes 20 y 27 de julio, conocidos como Los Lunes del Cerro, cuando se realizan las presentaciones de la Guelaguetza.

Pero la celebración comienza mucho antes y continúa durante los fines de semana, con convites que recorren las calles de la ciudad, desfiles de las delegaciones, festivales gastronómicos, la Feria del Mezcal, exposiciones artesanales y múltiples actividades culturales. Es, sin duda, una de las mejores épocas del año para visitar Oaxaca y descubrir la riqueza de sus comunidades, recorrer los talleres donde nacen los textiles y los alebrijes, conocer a los maestros artesanos, disfrutar de una de las gastronomías más reconocidas del mundo y entender por qué este estado es uno de los grandes guardianes de la identidad cultural de México.

Además de las presentaciones principales, los visitantes pueden recorrer los convites que llenan las calles de música y color; asistir a los festivales gastronómicos donde los moles, las hierbas tradicionales, los chiles, los arroces y los ingredientes ancestrales muestran la enorme diversidad culinaria del estado; conocer las ferias artesanales y visitar los talleres donde generaciones enteras continúan elaborando textiles, barro negro, alebrijes y otras expresiones artísticas.

También pueden acercarse al mundo del mezcal, cuya producción ha alcanzado niveles extraordinarios de calidad. Más que promover el consumo, las ferias buscan explicar el origen del agave, los procesos tradicionales de elaboración y el enorme patrimonio cultural que representa esta bebida.

Todo ello convierte a Oaxaca en un escaparate donde México muestra una parte fundamental de su riqueza cultural.

Pero quizá la principal enseñanza más valiosa de la Guelaguetza no esté en sus danzas ni en sus trajes, está en su filosofía.

En tiempos donde predominan la confrontación, la polarización y la competencia, resulta profundamente significativo que una de las celebraciones más importantes del país tenga como principio fundamental compartir con los demás.

Como resume Gloria Esther Reyes, durante la Guelaguetza las personas vuelven a experimentar esa sensibilidad del dar y recibir. Se comparte el pan que lanzó una delegación, se conversa con desconocidos, se celebra el trabajo de otras comunidades y se entiende que la riqueza cultural crece cuando se comparte.

Quizá por eso la Guelaguetza sigue emocionando después de tantas generaciones. Porque nos recuerda algo que nunca debería perderse: que una comunidad se fortalece cuando comparte lo mejor de sí misma.

Y en un país tan diverso como México, pocas celebraciones expresan esa idea con tanta belleza como la Guelaguetza.

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