Los delincuentes son escurridizos. Utilizan varias identidades e invierten recursos en volverse fantasmas en las cavernas de la vida pública. El antídoto, para que no se salgan con la suya, es la información y en particular la de inteligencia. El problema, como suele ocurrir, son los recursos y no siempre se tienen a la mano las herramientas que conduzcan a una identificación eficaz.
Es lo que pasó con Mauro Núñez El Jando, quien estuvo en manos de las autoridades mexicanas, inclusive en prisión, pero optaron por enviarlo a Estados Unidos.
Privilegiaron la seguridad, eso dicen, y desecharon las posibilidades para fortalecer o, al menos, apuntalar una indagatoria, la del traslado de Ismael El Mayo Zambada a Nuevo México, en la que, como se dice, “no han dado pie con bola”.
Por supuesto que nunca es sencillo, y las investigaciones van arrojando luz paso a paso. Lo que son verdades provisionales en el periodismo, son hipótesis de trabajo en el campo policiaco.
Hace algunos años, la entonces PGR buscaba con ahínco a un personaje bastante siniestro: Humberto Bañuelos La Rana. El tipo era una leyenda en los bajos fondos, porque había mandado cortar en pedazos al médico que le realizó la liposucción. No le gustó el trabajo y procedió a una brutal reclamación.
Pero su búsqueda se enmarcaba, sobre todo, en las indagatorias del asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, ya que una célula bajo el mando de había estado en el aeropuerto de Guadalajara cuando los hermanos Arellano Félix intentaron matar a Joaquín El Chapo Guzmán, pero en una confusión terminaron con la vida de uno de los más altos representantes de la Iglesia.
En 2001, se logró su captura, aunque en realidad ya estaba en una cárcel de Tijuana por un cotejo de huellas dactilares y solicitudes de colaboración con agencias de Estados Unidos.
La Rana, lo dijo en algún momento a los oficiales que lo interrogaron, sentía más seguridad tras las rejas y en un lugar donde tenía acceso a diversas comodidades.
En 2005 fue condenado a 40 años por homicidio calificado en agravio del cardenal Posadas Ocampo, y por otra serie de asuntos relevantes, como el también asesinato de quien fungió como procurador de Jalisco, Leobardo Larios Guzmán.
La Rana, conviene tenerlo presente, se formó como policía judicial, llegando a ser comandante designado en Mazatlán, Sinaloa, donde resultó implicado en el asesinato del periodista y columnista Manuel Burgueño Orduño, quien escribía en El Noreste y El Sol del Pacífico.
A Burgueño Orduño lo ultimaron en su propia residencia, el 22 de febrero de 1988. El móvil del crimen era la venganza, porque el periodista alertó de la colusión del comandante y sus policías con el crimen organizado y de dar protección a Manuel Salcido El Cochiloco, un importante narcotraficante en aquellos años. Cinco años antes del asesinato de Posadas Ocampo.
¿Pues no que todos muy limpios?
