EL ESPEJO

El Mundial que queda y el que sigue

Leonardo Núñez González. *Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón. Foto: La Razón de México

España ganó el Mundial después de recibir un solo gol durante todo el torneo. Eso no fue un milagro.

La final contra Argentina terminó 1-0 en tiempo extra, pero la diferencia se había construido mucho antes. España llegó con una defensa casi perfecta, control del balón y una idea compartida por jugadores que vienen de clubes distintos. No necesitó que Lamine Yamal, Rodri o Pedri resolvieran solos. Cuando uno salía, entraba otro capaz de ejecutar la misma partitura.

Ahí está la parte menos vistosa del campeonato. España lleva décadas construyendo una red de clubes, academias, entrenadores y selecciones juveniles que detecta talento, lo forma y lo acostumbra a competir dentro de una identidad común. Luis de la Fuente conocía buena parte de esa estructura porque dirigió equipos españoles menores antes de llegar a la selección nacional mayor.

Argentina también posee canteras extraordinarias y una cultura futbolística que produce jugadores en casi cualquier circunstancia. Venía, además, de ser campeona en 2022. La diferencia no es que un país tenga talento y el otro no. Es que España ha logrado convertir la formación en un sistema más estable, capaz de sobrevivir al retiro de una generación excepcional. Ganaron en 2010 con Xavi, Iniesta y Casillas. Después España pasó años perdiendo y quedándose fuera de las finales, incluso cuando seguía teniendo buenos futbolistas. La reconstrucción no consistió en buscar al siguiente Iniesta, sino en conservar una forma de enseñar, ampliar la base y esperar a que otra generación madurara. Dieciséis años después, el resultado es menos dependiente de una estrella y más difícil de desactivar.

Mientras España celebraba el producto de una inversión larga, para los tres países anfitrionescomienza la pregunta de que qué nos dejó el Mundial. En México, las estimaciones preliminares redujeron la derrama esperada y mostraron beneficios muy concentrados en las ciudades sede.

Hubo hoteles llenos, restaurantes beneficiados y empleos temporales. También hubo gasto público, seguridad y negocios cuyos costos recayeron en los organizadores y donde los ingresos principales quedaron bajo el control de FIFA.

Eso no significa que organizar el torneo haya sido un fracaso. Los beneficios sociales existen.

Millones compartieron una experiencia única, llegaron visitantes y México volvió a presentarsecomo un país capaz de organizar un evento enorme. Pero una fiesta multitudinaria no se convierte automáticamente en una inversión rentable. Para saberlo habrá que restar costos, medir empleos duraderos y distinguir el dinero nuevo del consumo que simplemente cambió de lugar.

El mejor balance mexicano ocurrió en la cancha. La selección cayó 3-2 ante Inglaterra, perodominó largos tramos, hizo soñar y se despidió entre aplausos. Cuatro años antes habíaabandonado Qatar en la fase de grupos, su peor resultado desde 1978, cargando frustración yvergüenza. El cambio anímico importa, pero puede evaporarse rápidamente si los clubes vuelven a privilegiar la compra inmediata sobre la cantera, le temen a la competencia eliminando el descenso y si la Federación confunde entusiasmo con planeación.

Esta vez México probó algo extraño: perder sin ser abucheado, caer de pie. El reto es que ese buen torneo no se vuelva otro recuerdo aislado. El espejo no está en copiar el estilo español, sino su paciencia: alimentar una liga competitiva, formar entrenadores, buscar talento fuera de los circuitos habituales y sostener procesos juveniles aunque el resultado tarde. España tardó 16 años en volver a ganar. Lo importante fue que nunca dejó de construir.

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