Esta semana México por fin volvió a mirar a sus jóvenes, pero no como hubiéramos querido. Por un lado está el caso de Dafne, la adolescente de apenas 13 años cuya muerte ha conmocionado al país y obligado a una profunda reflexión sobre las omisiones institucionales en materia de protección a la infancia y educación.
La primera persona vinculada a proceso por este caso resultó ser otra joven, Danna Yanina “N”, de apenas 18 años, señalada por la Fiscalía como presunta participante en el feminicidio.
Dos caras de la misma tragedia. Dos familias unidas por el dolor, aunque desde extremos opuestos. Una exige justicia para su hija asesinada; la otra reclama el mismo principio para una hija a la que consideran una víctima más de una historia que todavía debe esclarecerse.
Será la autoridad quien determine las responsabilidades penales. Pero el sólo hecho de que una adolescente haya terminado muerta y otra enfrente un proceso por un delito tan grave como el feminicidio, envía un mensaje demoledor.
Y mientras esa tragedia marcaba la vida de decenas de jóvenes en Tamaulipas, miles más quedaban atrapados en otro escándalo, esta vez académico.
La Universidad Nacional Autónoma de México detectó irregularidades sin precedentes en su primer examen de admisión completamente en línea. Más de 158 mil aspirantes compitieron por apenas 21 mil 962 lugares; es decir, sólo uno de cada siete lograría ingresar mediante concurso.
Sin embargo, la presión por obtener un espacio pareció abrirle paso al lamentable dicho mexicano: “el que no transa no avanza”.
Semanas antes del examen comenzaron a circular en TikTok videos donde aspirantes explicaban, paso a paso, cómo burlar el sistema: colocar una segunda computadora fuera del ángulo de la cámara para consultar ChatGPT, utilizar audífonos inalámbricos ocultos bajo el cabello, recibir ayuda desde otra habitación o incluso pagar a terceros para resolver la prueba.
Uno de esos videos, en el que un joven invitaba abiertamente a otros a hacer trampa, se volvió viral y exhibió una alarmante normalización del fraude.
La UNAM canceló 3 mil 174 exámenes por irregularidades, suspendió temporalmente el proceso de inscripción y ordenó una revisión extraordinaria ante posibles casos de fraude.
A primera vista, el feminicidio de Tamaulipas y las trampas en el examen de la UNAM parecen historias sin relación. En realidad, hablan del mismo país y de la misma generación de jóvenes.
Sería muy cómodo concluir que ya “no tienen los mismos valores”, pero ambos casos reflejan a una generación que ha crecido en un entorno donde la violencia y la corrupción han dejado de sorprender.
Han aprendido observando el México que les tocó vivir.
Han visto llegar a ministros a la Suprema Corte mientras persisten acusaciones de plagio sobre sus tesis; han visto a exsecretarios convertidos en prófugos o investigados por presuntos vínculos con el crimen organizado; observan escándalos como el del huachicol fiscal y viven en un país que, de acuerdo con Transparencia Internacional, obtuvo apenas 27 de 100 puntos en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025.
Son los jóvenes mexicanos que han crecido escuchando hablar de “narcogobiernos” en Sinaloa, Tabasco o Morelos. Palabras como homicidio, feminicidio, balacera o desaparición, forman parte de su lenguaje cotidiano, que es el de su generación.
Mientras unos aprenden que las reglas pueden romperse sin consecuencias, otros descubren demasiado pronto la violencia. De acuerdo con la Red por los Derechos de la Infancia en México, entre enero y noviembre de 2025 se registraron mil 991 víctimas de homicidio de entre 0 y 17 años: casi seis menores asesinados cada día.
Si una adolescente de 13 años termina asesinada, otra de 18 enfrenta un proceso penal por ese crimen, al mismo tiempo en que miles de aspirantes consideran que la mejor forma de ingresar a la universidad es engañando al sistema, quizá la pregunta no sea ¿qué está pasando con esta generación?
La realidad nos escupe en la cara lo que como país México les está enseñando a millones de jóvenes, cuando la violencia domina los encabezados, la corrupción no se castiga —o se castiga selectivamente—, y cuando con tanta frecuencia ven que romper reglas y códigos parece ofrecer “mejores resultados”.
Nos encanta repetir que “los jóvenes son el futuro de México”, pero antes están siendo el reflejo más honesto de nuestro presente. Este que difícilmente puede exigirles un país distinto, mientras sigan creciendo con el ejemplo que una cúpula del Estado, se esmera en darles.
Wokismo, progresismo y comunismo
