APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

Wokismo, progresismo y comunismo

Pablo Stefanoni, Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI, 2026) Foto: sigloxxieditores.com/

El libro más reciente del historiador argentino Pablo Stefanoni, Un fantasma recorre el mundo (Siglo XXI, 2026), trata sobre la nueva ola reaccionaria que se expande por el planeta. Pero conforme avanza en el estudio y la diferenciación de las varias modalidades que adopta la nueva derecha en el mundo, el volumen va localizando los blancos contra los que se dirige ese avance.

De acuerdo con los países, las regiones y sus experiencias históricas, existen diversas maneras de caricaturizar a las izquierdas como “comunistas” y a las derechas como “fascistas”. Sin embargo, las formas coloquiales que se usan son, por lo general, de tonos menos agresivos. Deliberadamente o no, esas etiquetas (rojos, zurdos, izquierdosos, progres, chairos…) buscan neutralizar las expresiones más graves que remiten a los grandes totalitarismos del siglo XX.

En la parte final de su libro, Stefanoni advierte sobre las mutaciones culturales que producen, en las izquierdas del siglo XXI, la revolución tecnológica, las redes sociales y las nuevas tribus urbanas de las últimas décadas. El fenómeno del wokismo sería una de esas mutaciones, que desplaza las causas tradicionales de la izquierda hacia agendas identitarias bien delimitadas, como las relacionadas con las reivindicaciones contra el racismo, el machismo, la homofobia, la xenofobia o el extractivismo.

El wokismo, como han señalado muchos marxistas contemporáneos (Mark Fisher, Olivier Roy, Fredrik deBoer, Susan Neiman…), abandona a la vez varios de los ejes conceptuales de las tradiciones socialistas: el de las clases sociales, el de la revolución, el de la democracia o el de la igualdad de derechos. En la dispersión de lo identitario se pierde también el horizonte de lo común, que siempre reclamaron para sí anarquistas, comunistas o socialdemócratas.

El progresismo, en cambio, ha quedado circunscrito, fundamentalmente, al flanco democrático de las izquierdas globales. Cuando en América Latina, por ejemplo, se habla de ciclos progresistas, en el periodo posterior a la Guerra Fría, se busca señalar los momentos en que la izquierda avanzó por las vías electorales y representativas hasta detentar la hegemonía en gran parte de los gobiernos de la región, tanto en la primera como en la segunda década de este siglo.

Una cumbre celebrada a principios de 2026 en Barcelona, que reunió a los gobiernos de España, Brasil, México y Colombia, cuando ya estaba confirmado el ascenso de las derechas, fue llamada “del progresismo global”. La exclusión de los pocos gobiernos de la izquierda autoritaria que quedan, el nicaragüense, el cubano o el venezolano, dejó claro que la identidad que se buscaba era aquella que compartieran gobiernos democráticamente electos, pluralistas y con libertades públicas.

La reunión de Barcelona hizo evidente, una vez más, la distinción entre el comunismo de la Guerra Fría y el progresismo del siglo XXI, ya que en dicho foro eran inconcebibles regímenes de partido único como el cubano. En pocos días se esfumaron los intentos de Andrés Manuel López Obrador y Gustavo Petro, fundamentalmente, de normalizar la paridad entre izquierdas autoritarias e izquierdas democráticas en América Latina y el Caribe.

Con el bloque bolivariano desarticulado, el progresismo reducido a Brasil, México y España, pero sin certidumbre de permanencia en dos de esos países, y el wokismo cuestionado por una cada vez más amplia red de autores socialistas, se vuelve muy difícil saber de qué comunismo resurrecto hablan los ideólogos de la nueva derecha.

Si a lo que se refieren con comunismo es al capitalismo chino y vietnamita, me temo que, para combatirlo, esa derecha tendría que volverse ella misma comunista, revivir la planificación estatal, suprimir el pluripartidismo, hacer de los aranceles un dogma de política económica y abolir todos los tratados de libre comercio en el mundo.

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