La literatura me merece una mirada de reojo y una sonrisa de colmillo.
Julio Cortázar
El nacimiento de Julio Cortázar, que se conmemora este 26 de agosto, fue una puerta de entrada a una literatura poderosa e impactante. Nunca una literatura había resultado tan atractiva, compleja y arriesgada como la de Julio Cortázar, el autor que cambió el tiempo y el espacio en la literatura y que, al mismo tiempo, reinventó la estructura dramática. Fue también el hombre que le explicó a Rita Guibert una de las diferencias esenciales entre la novela y el cuento utilizando una metáfora tomada del boxeo: en la novela, al lector se le gana por asaltos; en el cuento, por knockout. Y en esa frase estaba contenida buena parte de su manera de entender la literatura. Cortázar sabía que escribir era, antes que nada, establecer una relación de tensión con quien está al otro lado de la página. El escritor debía conquistar la atención, provocar una emoción, abrir una grieta en la imaginación del lector y conseguir que, después de cerrar el libro, algo permaneciera golpeando dentro de él. Por eso sus cuentos podían ser breves y, sin embargo, interminables. Pero si el cuento debía ganar por knockout, Cortázar llevó la novela a otro territorio: quiso convertirla en un combate mucho más largo, imprevisible y extraño, donde el lector no solamente recibiera los golpes, sino que pudiera cambiar de posición dentro del ring. En la misma entrevista que concedió a Rita Guibert para el libro Siete voces, Julio Cortázar afirmó: “La literatura en mayúsculas me importa un bledo, lo importante es encontrarse en ese combate mortal con la palabra que luego dará ese resultado llamado libro”. Y ese combate tuvo un nombre: Rayuela.

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Publicada en 1963, la novela representó una ruptura con buena parte de las convenciones narrativas de su tiempo. Cortázar no quiso que el lector permaneciera sentado frente a una historia que avanzaba dócilmente desde la primera página hasta la última. Le entregó un tablero de dirección y le propuso jugar. La novela podía leerse de manera convencional o siguiendo una secuencia alternativa de capítulos. De pronto, el lector tenía que decidir. Y cuando un lector tiene que decidir, deja de ser únicamente lector. Se convierte en parte de la obra. Ahí radica una de las grandes revoluciones de Rayuela. Con ella, Cortázar modificó la relación entre el autor, la historia y quien la lee. Alteró el orden, fracturó el tiempo, desplazó los espacios y convirtió la estructura narrativa en un territorio de experimentación.
París podía conducir a Buenos Aires. El presente podía encontrarse con el pasado. Una conversación podía continuar muchas páginas después. Un personaje podía aparecer en la memoria antes que en la acción. Y el lector podía recorrer el libro como quien recorre una ciudad desconocida, siguiendo calles que se cruzan, regresando sobre sus pasos y descubriendo que quizá se había perdido desde el principio.
Para él, la literatura no debía limitarse a ofrecer respuestas. También debía provocar preguntas. ¿Qué buscamos cuando buscamos el amor? ¿Qué hacemos con la soledad? ¿Es posible encontrar un sentido a la existencia? ¿Puede el lenguaje expresar aquello que sentimos? ¿Dónde termina la realidad y comienza la imaginación? Cortázar no responde.Cortázar juega. Por eso debemos volver a Rayuela en el aniversario de Cortázar. Tal vez esa sea la verdadera victoria de aquel escritor que hablaba de literatura como si hablara de boxeo: ganó por asaltos, ganó por knockout y, sobre todo, consiguió algo mucho más difícil. Hizo que después de leerlo quisiéramos volver a pelear con sus libros

En medio del desfiguro, el reacomodo

