La leí dos veces de un tirón, en cosa de días. Tiene solidez narrativa, humor finísimo. El silencio es exacto en su apenas dosis y el arco narrativo, impecable. Aunque parece ocurrir en la superficie, toca fibras internas. La dependienta, de Sayaka Murata (Duomo Ediciones, Barcelona), trata de una chica rara que trabaja en una konbini, tienda de conveniencia. En el intento de encajar en la sociedad, Keiko viste a plenitud el rol de “la dependienta”. Los ruidos del local se vuelven el soporte identitario que necesita y vive en conexión con las repisas de comida rápida, incluso si no está ahí.
Todo el mundo parece feliz con y por ella, si bien la expectativa cambia con los años. Ante la inexplicable presión social por ser madre, Keiko aborda a una mujer: “Perdona, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Los hijos se tienen por el bien de la humanidad?”.
Pienso en el docudrama de la chilena Maite Alberdi, Un hijo propio. Disponible en Netflix, presenta la historia de Alejandra Marín, cuyo caso apareció en noticieros mexicanos en 2009. Muy joven, casada y luego de tres abortos espontáneos, DEBE convertirse en mamá. El mandato implícito viene del marido, la suegra, la familia, el entorno: resulta desechable como mujer mientras no tenga un niño. Conoce a una chica embarazada que considera abortar y acuerdan el regalo del bebé apenas nazca. Alejandra finge estar encinta y al fin cae en la cárcel, donde pasará trece años, acusada del secuestro de una recién nacida.

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Desde distintas estrategias narrativas, ambos puntos de vista convergen. La dependienta emplea un lenguaje desapegado, mientras Un hijo propio exprime el sentimentalismo, pero en las dos “hace aguas” la versión ideal de la maternidad, producto de fantasías patriarcales. Autoras del mundo la confrontan en obras de variada temperatura: El corazón del daño, de María Negroni; Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver; La hija única, de Guadalupe Nettel; Kim Ji-young, nacida en 1982, de Cho Nam-joo; Matate, amor, de Ariana Harwicz; Ceniza en la boca, de Brenda Navarro; La perra, de Pilar Quintana, entre otras.
También estructura películas como La hija oscura, dirigida por Maggie Gyllenhaal sobre un texto de Elena Ferrante, y Tully, de Jason Reitman.
El arte espejea la realidad y la enriquece: las creadoras encuentran inoperante el modelo según el cual debemos maternar. También cuestionan el paradigma de la buena madre, quien se exhausta sacrificando tiempo, dinero, salud, descanso y vida propia. Además se encarga de casa y trabajo, pero si algo se tuerce, ella tiene la culpa. ¿Y quién le cobra al padre su parte? ¿A la familia? ¿A la sociedad, tan hábil para demandar? Se ha puesto el tema en la mesa y qué maravilla que, gracias a un libro, cada vez más chicas sepan de alternativas.
P. D. Vuelvo al inicio. Regálate La dependienta. Me lo vas a agradecer.

En medio del desfiguro, el reacomodo

