El 20 de agosto, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció que Washington preparaba un nuevo régimen de sanciones contra Irán y contra los países, empresas o intermediarios que le proporcionaran una “línea de vida” económica.
El paquete completo aún no se ha anunciado, pero la noticia adelantó el alcance de la estrategia; las sanciones son tanto para Irán como para quienes contribuyan a sostener al régimen. Así, Washington obliga a países terceros a elegir bando.
Las sanciones económicas tradicionales determinaban con quién podían comerciar sus nacionales o sus empresas. Las sanciones secundarias propuestas por la administración Trump, además, buscan condicionar la conducta de actores extranjeros mediante la amenaza de perder acceso al sistema financiero estadounidense. De este modo, la capacidad de presión norteamericana se extiende más allá de sus fronteras mediante la dependencia económica.

• Determinaciones relevantes de la Corte
Bajo estas nuevas condiciones, Estados Unidos no necesita prohibir jurídicamente a China, India o los países del Golfo mantener relaciones económicas con Irán; es suficiente con elevar el costo de hacerlo. Esta política no elimina formalmente la soberanía de los demás Estados, pero restringe el espacio dentro del cual puede ejercerse sin consecuencias.
La eficacia de esa estrategia descansa en una asimetría conocida. El dólar, las instituciones financieras estadounidenses y el acceso a su mercado ocupan una posición que pocas economías pueden ignorar. Washington utiliza esa centralidad económica como una extensión de su política exterior, y aunque no controle todas las decisiones, las encarece hasta hacerlas económicamente inviables.
En el caso iraní, esa presión adquiere una dimensión adicional. China compró más de 80 por ciento del petróleo iraní embarcado en 2025, de acuerdo con los datos disponibles. Por eso, una ofensiva contra quienes sostienen económicamente a Teherán no puede analizarse únicamente como una medida bilateral. En la mira aparece, nuevamente, el gigante asiático.
Sin embargo, el alcance de esta estrategia no termina en Irán. Durante años, la primacía financiera de Estados Unidos funcionó como una ventaja estructural del orden económico internacional. Hoy, esa ventaja se utiliza, además, como instrumento de disciplina política.
Por ejemplo, Washington acaba de utilizar también el acceso a su mercado como instrumento de presión frente a uno de sus socios más integrados, pese a la vigencia del T-MEC. Los casos no son equivalentes; en el primero, se trata de sanciones secundarias contra terceros vinculados con Teherán; en el otro, de aranceles impuestos a un aliado y socio comercial. Pero ambos muestran que las fronteras económicas ya no coinciden, necesariamente, con las territoriales.
El problema para los demás países no consiste en decidir si comercian con Teherán, sino en descubrir hasta qué punto una moneda o una infraestructura financiera pueden convertirse en fronteras que Estados Unidos administra fuera de su territorio.

Ecos del cisma

