La democracia también consiste en saber perder. Islandia acaba de recordarlo por una diferencia de 12 mil 701 votos. El sábado los islandeses fueron a las urnas para responder una pregunta relativamente sencilla.
No tenían que decidir si su país entraba o no a la Unión Europea, sino si el gobierno podía volver a sentarse a negociar una posible incorporación, después de haber suspendido ese proceso hace más de una década. Si ganaba el sí, vendrían las negociaciones y, eventualmente, otra consulta en referéndum.
Pero ganó el NO con 52.8 por ciento de los votos, frente a 47.2 por ciento por el sí. Para entender por qué esto importa hay que empezar por recordar que Europa es mucho más grande que la Unión Europea. Islandia ya tiene una relación estrechísima con sus vecinos. A pesar de ser una isla, sus ciudadanos pueden viajar y trabajar con facilidad en buena parte del continente, sus empresas tienen acceso al gran mercado europeo y el país adopta muchas de sus reglas. Pero no forma parte del grupo de 27 países que toma las decisiones y ni siquiera usa el euro como moneda, usan coronas islandesas.

• La pesada carga del apellido
Por eso el resultado puede leerse de muchas maneras. Para quienes quieren una Europa más integrada es una derrota. Para los partidos más nacionalistas, que desconfían del centro de
decisiones de la Unión Europea en Bruselas, es una victoria. Y en medio de las tensiones de Donald Trump alrededor de Groenlandia, Rusia y el creciente interés por el Ártico, también hay quien verá una decisión geopolítica. Pero la explicación más interesante está mucho más cerca de la dinámica interna de Islandia. Está en los peces.
La pesca aporta alrededor de 40 por ciento de las exportaciones islandesas. Entrar a la Unión Europea habría obligado a negociar las reglas para explotar esos recursos y compartir decisiones sobre las cuotas y el acceso a sus aguas. Para una isla que vive del mar, el asunto está lejos de ser menor. Los islandeses, además, ya se pelearon por esto.
Entre 1958 y 1976 sostuvieron con Reino Unido las llamadas Guerras del Bacalao. Islandia fue ampliando el territorio marítimo que consideraba suyo y los británicos respondieron enviando barcos para proteger a sus pescadores. Hubo choques entre embarcaciones, amenazas diplomáticas y una disputa seria entre dos aliados. Islandia terminó imponiendo el límite de 200 millas que buscaba. Esa historia ayuda a entender por qué, fuera de la capital, el no ganó con claridad. También explica por qué una discusión que para los funcionarios europeos puede parecer sobre el futuro de Europa, desde un pequeño puerto islandés puede verse como una pregunta mucho más concreta sobre quién decide qué hacer con los peces.
Luego viene otro detalle importante. Islandia tiene apenas unos 400 mil habitantes y 272 mil 591 personas podían votar. Participaron 225 mil 31, una asistencia de 82.6 por ciento. La autoridad publicó cuántos votos fueron válidos, cuántos quedaron en blanco y cuántos fueron anulados. En algunas comunidades remotas, las papeletas tuvieron que viajar por carretera, barco o avión para ser contadas. La diferencia fue pequeña, pero cada voto terminó dentro de una cifra pública que cualquiera puede revisar, discutir y, si corresponde, impugnar antes del resultado definitivo. Además, el resultado no obligaba legalmente al gobierno. Pero el gobierno promovió el sí, perdió y anunció que no volverá a impulsar el ingreso a la Unión Europea. Eso también es democracia. Preguntar, contar cada opinión y, cuando llega el resultado, respetarlo.

Las contradicciones

