En una columna reciente, Luis Rubio usa el caso de Aguascalientes para sostener que el crecimiento económico debe ser la prioridad. Es cierto que ese estado creció mucho en algunos años. Pero ¿puede ser el modelo para todo México? Los hidrocálidos atrajeron capital, tecnología y trabajadores especializados para la industria automotriz. Los ingresos de los ingenieros automotrices eran envidiables… al principio.
Entre 2003 y 2018, según Jasso Carbajal y otros (2025), los salarios reales por hora en la fabricación de equipo de transporte cayeron 11.5 por ciento en Aguascalientes. Se seguían pagando salarios automotrices relativamente altos (82 pesos reales por hora en 2018), pero eso no impidió que hubieran disminuido respecto de 2003. En la fabricación de autopartes, la caída fue todavía mayor: 36.7 por ciento.
Si se acentúa esa tendencia por Trump, con sus aranceles y presiones para aumentar el contenido estadounidense de los vehículos, y por la IA, con la robotización de la producción, Aguascalientes podría enfrentar el destino del Rust Belt estadounidense: región que descubrió muy tarde que el crecimiento industrial puede ser muy efímero. Esperemos que no.
Podemos tener crecimiento industrial y después presión sobre los salarios y deslocalización asociada a la automatización. No basta con preguntar cuánto creció Aguascalientes durante los años felices, también importa ¿adónde se fue ese crecimiento y qué tan sostenible es?, ¿qué sucederá con los trabajos cuando la IA y la automatización permitan producir automóviles con pocos humanos?
Por otro lado, que Rubio elija Aguascalientes recuerda a los comentaristas educativos que dicen: “Singapur obtiene los mejores resultados de PISA. ¡Copiemos a Singapur!”. Pequeño detalle: Singapur es una ciudad-Estado. Aguascalientes también es un territorio pequeño y predominantemente urbano.
Una política que funciona en un territorio compacto, urbanizado y con una actividad económica muy concentrada, no sirve automáticamente de modelo para un país con enormes poblaciones rurales dispersas y costos muy distintos de infraestructura y provisión de servicios. El éxito de un territorio no siempre es exportable.
Los polos de desarrollo en el Istmo que propuso Andrés Manuel López Obrador tampoco han producido, hasta ahora, el milagro industrial anunciado. Me dice una fuente informada: “No eran parques industriales, eran baldíos en la selva sin ninguna infraestructura”. Un tren porfiriano resucitado con prisa no sirvió para producir el “milagro del Istmo”. El amiguismo en la asignación de concesiones tampoco fue salvador.
Curiosamente, Rubio y AMLO comparten una fe demasiado grande en la industrialización como generadora automática de prosperidad. Pero muchas cosas han cambiado en el mundo, necesitamos hojas de ruta alternativas.
Antes de asegurar que Aguascalientes es el modelo que México debe imitar, habría que responder una pregunta incómoda. Cuando llegue el terremoto de la IA, quién estará mejor preparado para resistirlo: los trabajadores de las ciudades industriales, cuyos empleos dependen de cadenas globales y máquinas cada vez más inteligentes, ¿o comunidades rurales sostenibles que nunca tuvieron que competir con un robot?
Entre encuestas y la élite del partido
