Esta primera fecha FIFA bajo un formato con más partidos y que en su experimento busca reducir los cortes en el calendario para beneficiar a los clubes y futbolistas en cuanto al desgaste de viajes nos regaló historias contrastantes entre dos genios del futbol y el primer ciclo de Rafa Márquez como nuevo entrenador de México. Con una ventana de 16 días, cuatro partidos disputados, ninguna victoria y una dolorosa derrota ante Estados Unidos, los primeros debates y cuestionamientos han aparecido en esta nueva etapa para México y para Márquez. Cómo no, si después de la silla presidencial, la del entrenador de México es la más difícil de todas.
Con mucha sabiduría Rafa Márquez enfrío a tiempo la euforia de los medios y la afición, afirmando que México no puede acercarse a un estilo como el del Barcelona, porque no existe la materia prima en nuestro futbol. Aunque esas palabras también generaron cierta controversia, después de estos primeros cuatro ensayos, queda clarísimo que Márquez no pretende vender espejitos. La materia prima, la calidad de nuestros futbolistas, realmente está muy limitada. Hoy nos miran por el retrovisor muchos países que han entendido como sacarle el máximo rendimiento al entorno que los rodea. No es casualidad que incluso países del Caribe que antes podías golear 16-0, hoy demuestran mejoría.
Todos los amantes del futbol soñamos con que México haga un papel histórico en alguna Copa del Mundo; soñamos con volver a disputar alguna final de Copa América y por qué no, ganarla; pero hoy el proyecto de México en cuanto a futbol debería ser encontrar un sistema o un mecanismo para que poco a poco se tenga una base más nutrida de futbolistas de calidad y gran proyección. Esa sí que sería una gran huella que pudiera dejar Rafa Márquez, que, con su experiencia, con todo lo que aprendió de clubes como Barcelona y entrenadores como Frank Rijard o Guardiola, pudiera ayudar a todo este engranaje del futbol mexicano. Claro, entendemos que el gran aparato que está detrás debe ceder para que esto sea posible.
Por otras latitudes del mundo en esta atípica fecha FIFA, vaya fiesta vivió el futbol argentino con la despedida del último gran ídolo albiceleste, el adiós a la absoluta de Lionel Messi. Durante semanas se preparó la última noche del 10 argentino para que fuera una noche inolvidable en el Monumental de River. Desde la previa, la llegada al estadio, los himnos nacionales, todos fueron momentos muy emotivos, toda la Argentina se paralizó y se le entregó al chico rosarino, que nunca, ni en el momento más complicado, se olvidó de su país. Porque hoy todo es aliento y amor, pero en su momento existió una campaña, una parcialidad que manifestaba rechazo a Messi, era el culpable de la falta de títulos para Argentina.
Pero el viaje del héroe es así: no existe la redención sin la caída. Bajo la mirada eterna de su padre, rodeado de su familia, de 85 mil almas en el Monumental y millones de argentinos, Lionel Messi cerró su ciclo y se marcha como bien dijo, “en paz, por entregarlo todo”. Claro, no podían faltar un par de asistencias y un último grito de gol, y tal cual sucedió con Pelé y su mítico gol mil, tenía que ser de penal. Dicen que cuando O Rei anotó aquel tanto, le preguntaron si no hubiera preferido anotar un gol más bello, a lo que él contestó: “Fue perfecto, porque así nadie se lo perdió”.