Existe una aparente contradicción sociológica que desconcierta a la ciencia política contemporánea: ¿cómo logra la derecha radical, con un proyecto abiertamente aliado del capital, del libre mercado y del desmantelamiento de las redes de protección social, movilizar a los sectores más empobrecidos?
La respuesta no reside en una repentina fascinación del electorado popular por el ideario neoliberal, sino en una profunda crisis de representación y en la capacidad de las extremas derechas para explotar las fracturas emocionales, económicas y de seguridad que la izquierda tradicional ha sido incapaz de resolver.
El agotamiento del Estado y la seguridad como bien supremo, en donde las familias que sobreviven en la economía informal, los discursos de justicia distributiva suenan vacíos cuando el Estado ha fallado en sus funciones más básicas. Por ello, la derecha capitaliza el colapso del orden público convirtiendo la seguridad individual en su bandera. Ante el acoso del crimen organizado y la violencia cotidiana, la promesa de la “mano dura” y del orden autoritario resulta sumamente atractiva. El voto es por la promesa de que la Policía recupere las calles donde transita para llegar a su trabajo o para llegar a la escuela. La ultraderecha ha logrado canalizar ese malestar mediante una narrativa que contrapone al “pueblo trabajador” contra una “élite política corrupta”. Ante esto, la izquierda suele ser percibida no como la defensora del pueblo, sino como la administradora de un status quo burocrático e ineficiente que predica un moralismo e identidad, mientras, por otro lado, el costo de vida se vuelve insostenible.
Otro punto por considerar es el aspecto religioso. En amplias regiones las redes de contención social ya no las articula el Estado ni los sindicatos, sino las iglesias evangélicas y las redes comunitarias conservadoras. La doctrina de la prosperidad y el mérito individual resuenan con fuerza en quien trabaja 12 horas diarias sin prestaciones. La ultraderecha ofrece una identidad basada en valores tradicionales (“Dios, patria, familia y libertad”), ofreciendo un sentido de pertenencia y orgullo frente a un Estado percibido como distante.
El triunfo de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta sobre Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil constata que las clases populares pueden votar por la ultraderecha. La combinación de un discurso de combate al “narcoterrorismo” y brindar seguridad puede ser una fórmula electoral efectiva frente a las estructuras de la izquierda histórica.
En España, el panorama desolador se hace evidente con la decisión de Pedro Sánchez en España de adelantar las elecciones generales para el 29 de noviembre. Acorralado por la ingobernabilidad, la erosión de sus alianzas y una crisis social agudizada por el acceso a la vivienda evidencia las dificultades de sostener pactos progresistas frente a una marea conservadora que capitaliza el descontento ciudadano.
En México, este espejo regional y global plantea interrogantes ineludibles hacia el futuro. Aunque la izquierda gobernante mantiene una hegemonía fundamentada en programas de transferencias directas, el riesgo de un viraje puede producirse si la gestión estatal no logra contener el avance del crimen organizado, la precarización económica o los escándalos de corrupción. Se abre la puerta para que emerja una alternativa de ultraderecha que instrumentalice el descontento popular con narrativas de orden, moralismo y ruptura antipolítica.
La historia reciente demuestra que la pobreza no garantiza el voto a la izquierda. Cuando las instituciones fallan y la esperanza material se diluye, la promesa ultraconservadora de orden y libertad individual encuentra tierra fértil en la desesperación social.