Aunque la Doctrina Monroe es un antecedente de la Doctrina Donroe, por su proyección de una hegemonía hemisférica de Washington, doctrinalmente le hereda muy poco. La Doctrina Monroe se basaba en la reproducción de la forma republicana del gobierno representativo en América del Sur, con el fin de poner fin al colonialismo español y, a la vez, frenar las ambiciones de otras potencias europeas como Gran Bretaña y Francia.
Ideológicamente, la Doctrina Donroe se parece mucho más al Destino Manifiesto, a mediados del siglo XIX, y al Gran Garrote en tiempos de Teddy Roosevelt. En los tres casos, la hegemonía de Estados Unidos se busca imponer por la ley del más del fuerte, sin mediaciones ideológicas como las del republicanismo del siglo XIX o el liberalismo o la democracia en tiempos de Woodrow Wilson, Franklin Delano Roosevelt, la Guerra Fría o las transiciones de fines del siglo XX.
Es muy revelador que, a pesar de esa inconsistencia doctrinal, el trumpismo avance a tanta velocidad en América Latina y el Caribe. En tiempos de la Guerra Fría, con los Schlesinger, los Kissinger o los McNamara, y con la CIA operando a todo tren en la región, había más resistencia a la voluntad de Washington. Este relanzamiento hegemónico se da acompañado de un giro radical en el discurso: su prioridad no es la democracia sino la seguridad.
Se lo hemos escuchado a Marco Rubio en Atenas, cuna de la democracia occidental. El secretario de Estado expuso sin mayores sutilezas el meollo de la superchería MAGA. Y lo hizo por medio de un anacronismo deliberado: Rubio invocó el nativismo antiglobalista en nombre de la democracia ateniense. Los griegos de la época de Pericles no conocían el nacionalismo, pero Rubio se las ingenió para atribuírselos.
Al principio de su discurso, el secretario reiteró la idea comprobable del influjo de la democracia ateniense y el republicanismo romano en la fundación de Estados Unidos a fines del siglo XVIII. Pero rápidamente acotó que lo “más profundo” que Estados Unidos debía a Atenas no era la democracia sino la “individualidad férrea y la ambición implacable”.
Dijo Rubio que el thymos, es decir, la valentía o el coraje, era el eje de la moral griega. No es lo que pensaban Platón y Aristóteles, Heródoto y Tucídides. Para éstos el atributo rector de aquella civilización era el areté o lo que los romanos llamaban virtus, que en español se entiende como “el valor primordial del ciudadano bajo un orden republicano”.
En las tradiciones democráticas y republicanas clásicas la virtud supone la capacidad de subordinación del interés personal al bien común. Rubio tergiversa el sentido de aquel republicanismo clásico al presentar al ciudadano ateniense como un guerrero nacionalista, únicamente regido por el deseo de ser leal a su tribu y a su caudillo. En su discurso en Atenas, de pronto, la civilización griega es reemplazada por una gran manada occidental liderada por Es-tados Unidos.
El final de la arenga, como la de J. D. Vance hace poco en Múnich, es un regaño autoritario a Europa por no ser suficientemente leal a Washington. Por no renunciar a la búsqueda del equilibrio, del balance de poderes y el multilateralismo, en vez de plegarse a Estados Unidos en la reconquista de su grandeza nacional. El cierre no podría ser más contradictorio: ¿por qué Europa tendría que seguir sin chistar a Washington en una empresa global definida por el nacionalismo estadounidense?
Para América Latina e, incluso, para Cuba, las lecturas del discurso de Rubio no podrían ser más inquietantes. Si lo decisivo es la seguridad y no la democracia, la obediencia y no el consenso, el unilateralismo y no la solución negociada y pacífica de los conflictos, cómo restablecer los vínculos interamericanos sobre bases relativamente compartidas. Los padres fundadores de Estados Unidos veían a Grecia y a Roma como inspiraciones; Trump, Rubio y Vance ven a Europa y América Latina como peones.