En varias de las guerras simultáneas que tienen lugar en el mundo, la de Gaza, la de Irán y la que antecede a ambas, la de Ucrania, se produce un fenómeno similar: la negociación y la paz se presentan como los fines y la guerra como el medio. La historia enseña, sin embargo, que en cuanto las guerras se afincan como medios tienden a convertirse en fines en sí mismas.
En pocos días, la guerra en Ucrania ha demostrado la falacia de la tregua energética anunciada por el gobierno de Donald Trump. Una vez más, la ofensiva rusa, que no distingue entre instalaciones militares y civiles, plantas de electricidad, de gas o gasolineras, ha hecho trizas cualquier protocolo de entendimiento. La recurrencia, otra vez, a la ficción del acuerdo muestra la parcialidad de la administración Trump del lado del Kremlin, como pudo comprobarse con la moratoria del diésel, que buscaba ofrecer un salvavidas financiero a Moscú.
Desde un inicio del conflicto, en tiempos de Joe Biden en la Casa Blanca, las simpatías de Donald Trump han estado con Moscú. Trump nunca ha dado crédito a la verdadera causa de esta guerra, que es el rechazo de Vladimir Putin a una Ucrania independiente, y ha mostrado no pocas señales de compartir los recelos de Putin en relación con un entendimiento o, al menos, una relación fluida entre Kiev y la Unión Europea.
Lo que motivó la invasión rusa, el 24 de febrero de 2022, no fueron los ataques a la población rusoparlante en el Donbás o los intentos de ingreso de Kiev a la Unión Europea o a la OTAN. Fue la oposición visceral de Putin a la existencia de una Ucrania soberana, sin un gobierno títere del Kremlin, como el que se derivó de la Revolución del Maidán contra Victor Yanukovich en 2014.
Tanto la anexión de Crimea en ese año, como la invasión de 2022, respondieron a la decisión de impedir un gobierno proeuropeo o, incluso, uno con tan buenas relaciones con Moscú como con Bruselas, en Kiev. Como han descrito con brillantez Giuliano da Empoli y Emmanuel Carrére, en la novela y la película El mago del Kremlin, desde 2014, Putin planteó a los ucranianos una alternativa fatal, sin soluciones intermedias: o con Rusia o contra Rusia.
El apoyo de Trump a Putin tiene como trasfondo la sintonía de dos imperios en el control de sus respectivas zonas de influencia. Cuando se produjo la invasión rusa contra Ucrania, Putin, Lavrov y Peskov se defendían de las críticas de Joe Biden y líderes europeos como Olaf Scholz o Emmanuel Macron con el argumento de que Rusia hacía en Europa del Este lo mismo que Estados Unidos en México y América Latina.
Y tenían razón: sólo que el realismo imperial ruso se parece mucho más a la Doctrina Donroe que al internacionalismo liberal o democrático de Biden, Merkel o Macron. De hecho, no sería extraño advertir que el repliegue de Rusia frente a la renovada hegemonía de Estados Unidos en el Gran Caribe y, específicamente, en Venezuela y Cuba, tenga como origen la complicidad de Trump con Putin en la cuestión ucraniana.