HABLANDO DE DERECHOS

La crítica no es violencia política

Jacqueline L'Hoist Tapia
Jacqueline L'Hoist Tapia Foto: larazondemexico

Una sanción desproporcionada amenaza la sátira, confunde competencias y empobrece el debate público.

Lo sucedido no es un tema fácil de abordar, por un lado, quien publica una fotografía propia en redes sociales acepta que circule ante una audiencia amplia. Esa exposición, sin embargo, se podría argumentar que no concede una licencia irrestricta para utilizarla con cualquier propósito.

Pero, por otro lado, cuando un caricaturista retoma una imagen ya divulgada para ironizar sobre una declaración pública y verdadera de su protagonista, no puede concluirse, sin más, que existe Violencia Política contra las Mujeres en Razón de Género (VPMRG).

La sátira política —incómoda, mordaz e incluso injusta— forma parte de la libertad de expresión y del derecho ciudadano a someter al poder al escrutinio.

Por eso preocupa que, desde el poder, se castigue nuevamente a quien disiente. Esta práctica corre el riesgo de convertirse en una forma sistemática de amedrentar a la ciudadanía y a los medios de comunicación, al tiempo que legitima la intervención del Tribunal Electoral en asuntos que exceden su competencia.

Ahora, el caricaturista Paco Navarrete deberá ofrecer durante quince días una disculpa pública a la diputada de Morena Itzul Barrera, quien lo denunció por un cartón publicado en 2025. La pieza ironizaba sobre una declaración también irónica de la legisladora en torno a los aranceles de 70 por ciento al aguacate.

La resolución es inadmisible. Quienes ocupan un cargo público no están por encima de la ciudadanía: le deben cuentas. Una caricatura, una pregunta o un mensaje crítico no constituyen por sí mismos una agresión; son formas legítimas de vigilancia democrática. Censurarlas no protege el debate público: lo empobrece y revela una peligrosa pulsión autoritaria.

Eso no impide reconocer que el uso de la fotografía fue poco sensible. Haberla publicado no equivalía a autorizar cualquier resignificación, y la separación gráfica de la palabra “diputada”, vinculada con la imagen, podría sugerir una lectura ofensiva, aunque ésta sólo se haya presentado en medios escritos (por el espacio) y no en digitales.

Pero esa objeción no convertía el caso en materia electoral. El cartón no buscaba obstaculizar los derechos políticos de la legisladora ni su participación pública; cuestionaba una propuesta suya con posibles consecuencias para los productores de aguacate.

Si la imagen y la forma del texto hizo sentir a la legisladora menoscabo alguno en su dignidad o que reproducía estereotipos, correspondía valorar una vía distinta, quizá ante el Conapred el posible carácter discriminatorio que merecía un análisis propio, pero no un encuadre forzado como VPMRG.

Queda una preocupación de fondo: mientras una mujer con cargo político accede con rapidez a la “justicia”, muchas ciudadanas enfrentan una justicia lenta y revictimizante, incluso ante la violencia feminicida. Proteger a las mujeres exige la misma diligencia para todas, tengan o no poder, cargo o tribuna.

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