La predilección que los neuróticos obsesivos muestran por la inseguridad y la duda constituye para ellos un motivo para adherir preferentemente sus pensamientos a aquellos temas en los que la inseguridad es generalmente humana.
(S. Freud, A propósito de un caso de neurosis obsesiva, 1909)
La dificultad para decidir ha sido estudiada por investigadores y psicoanalistas. Uno de los más famosos fue Daniel Kahneman, psicólogo israelí-estadounidense, creador de la economía conductual, Premio Nobel de Economía en 2002, que transformó la manera de entender cómo pensamos, tomamos decisiones y cometemos errores de juicio, demostrando que las personas no somos tan racionales como creemos: nuestras decisiones están influenciadas por atajos mentales, prejuicios cognitivos, emociones y mecanismos automáticos.

“Tengo mi cumpleaños y me quitan el tiempo”
En su libro de 2011, Pensar rápido, pensar despacio, Kahneman explica que la mente funciona mediante dos sistemas. El sistema 1 es rápido, intuitivo, automático, emocional. Nos permite reacción sin esfuerzo, pero nos lleva a cometer errores y sacar conclusiones precipitadas. El sistema 2 es lento, deliberado, analítico y requiere concentración. Lo utilizamos para resolver problemas complejos, evaluar argumentos y cuestionar nuestras primeras impresiones.
Nuestro miedo a la pérdida, el exceso de confianza y las ilusiones de certeza influyen en cómo tomamos decisiones cotidianas. Kahneman proponía desconfiar un poco de nuestras intuiciones y reconocer los límites de nuestra racionalidad. El estado de ánimo, el cansancio y hasta el hambre pueden provocar variaciones en lo que decidimos. En las decisiones que pesan e importan, la gente siente un arrepentimiento anticipado. El miedo es a elegir mal y después arrepentirse.
Sobre algunos asuntos, se pueden establecer criterios antes de enfrentarnos con una decisión: qué no es negociable, cuánto nos vamos a gastar, qué es irrenunciable.
Frente a las decisiones hay dos tipos de personas: las capaces de sentirse satisfechas, que aceptan una opción suficientemente buena, y los maximizadores, que quieren encontrar la opción perfecta. Este perfil sufre de más ansiedad e insatisfacción, no porque elijan mal sino porque siguen pensando para siempre en las posibilidades que se perdieron después de elegir.
Freud llamó neurosis obsesiva al cuadro clínico caracterizado por la duda permanente como una forma de no elegir nada, de no decidir. Estudió sobre el tema el conflicto entre deseo y prohibición, la ambivalencia afectiva (¿qué hacemos cuando queremos y no queremos algo con la misma intensidad?), la culpa, la agresión reprimida y la necesidad de controlarlo todo.
La duda funciona como una defensa frente a una decisión que compromete el deseo. Dudar permite aplazar, no elegir y, sobre todo, no asumir las consecuencias de elegir.
En el Seminario 5, Las formaciones del inconsciente (1957-1958) Lacan trabaja en la relación entre el obsesivo, su deseo y la demanda del Otro, afirmando que el obsesivo mantiene una relación problemática con su deseo: busca neutralizarlo, postergarlo o convertirlo en algo imposible de realizar. La necesidad de controlar es más importante que el deseo.
Son síntomas frecuentes no poder decidir incluso cuando se sabe lo que se quiere;
El control, que intenta anticipar todos los escenarios posibles; la ambivalencia, amar y odiar simultáneamente a la misma persona; el aplazamiento, que es mantener el deseo vivo evitando su realización.
Personas inteligentes, creativas, talentosas, sensibles y fuertes, dejan pasar oportunidades valiosas que podrían traer bienestar, alegría, satisfacción y algo cercano a la plenitud, por miedo a equivocarse, por su compulsión a querer controlarlo todo y por ser incapaces de decidir porque no hay garantías, porque no quieren perder nada ni renunciar a nada, sin lograr ver que no existen opciones perfectas cuando se trata de decidir.
Valeria VillaLa dificultad para decidir es un síntoma

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