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Arturo Damm Arnal

Impuesto global, un abuso

PESOS Y CONTRAPESOS

Arturo Damm Arnal
Arturo Damm Arnal 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Arturo Damm Arnal

En la más reciente reunión del G20 los ministros de Finanzas, incluido el de México, decidieron la aplicación de un impuesto corporativo global mínimo del 15 por ciento, con el fin de hacer que las grandes empresas, que se aprovechan de las oportunidades que les brindan los paraísos fiscales, dejen de aprovecharse y paguen más impuestos, todo lo cual parte de supuestos cuestionables: (i) que el bienestar de la gente depende del gasto gubernamental, que se financia con impuestos; (ii) que un mayor bienestar para la gente depende de un mayor gasto gubernamental, que se financia con más y/o más elevados impuestos, para lo cual hay que buscar la manera de cobrar más y/o mayores impuestos lo cual, recordemos la Curva de Laffer, no necesariamente aumenta la recaudación.

El bienestar de las personas (la cantidad, calidad y variedad de los bienes y servicios de los que disponen para satisfacer sus necesidades), debe depender, no de las dádivas del gobierno, sino de su esfuerzo, para lo cual requieren empleos e ingresos, que dependen de las inversiones directas que llevan a cabo los empresarios, que dependen de la competitividad del país, de su capacidad para atraer, retener y multiplicar inversiones directas, competitividad que está determinada, entre otras variables, por los impuestos, sobre todo los que gravan las ganancias de los empresarios.

En un país en el cual no se gravaran las ganancias de los empresarios se estaría cumpliendo con una de las condiciones necesarias para elevar su competitividad, su capacidad para atraer, retener y multiplicar inversiones directas, que producen bienes y servicios, crean empleos (para producir alguien tiene que trabajar), y generan ingresos (a quien trabaja se le paga por hacerlo), empleos e ingresos de los que debe depender el bienestar de la gente, no de las dádivas del gobierno, que dan a lugar a una sociedad de dependientes, pedigüeños, mantenidos o, para decirlo con una palabra, presupuestívoros (dícese de quienes devoran presupuesto gubernamental), comenzando por los burócratas, sobre todo los de alto vuelo, los de clase premier, como lo son, entre otros, los ministros de Finanzas, quienes creen tener el derecho de meter la mano en los bolsillos de los contribuyentes como crean más conveniente. La gran mayoría de las veces no tienen ese derecho, solo el poder.

Lo ideal es un impuesto único (ni uno más), homogéneo (la misma tasa en todos los casos), universal (sin excepción ni de objeto ni de sujeto gravable), no expoliatorio (para financiar solamente las legítimas tareas del gobierno), a la compra de bienes y servicios para el consumo final (no al ingreso, no a la propiedad, no a las inversiones, etc.).

El impuesto corporativo global mínimo del 15 por ciento será un abuso, que apuntará en la dirección equivocada.