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Carlos Olivares Baró

Juan Rulfo. El llano en llamas y Pedro Páramo

LAS CLAVES

Carlos Olivares Baró
Carlos Olivares Baró
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  • Carlos Olivares Baró

Año 65 de la publicación de Pedro Páramo (FCE, 1955). En estos días regreso a las páginas del narrador nacido el 16 de mayo de 1917 en Apulco, San Gabriel, distrito de Sayula, Jalisco: Juan Rulfo. No me canso de leer mi cuento preferido “Es que somos muy pobres”. Me detengo en “La Cuesta de las Comadres”; y lloro, siempre lloro, con “Luvina” (“Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo tuvieran encañonado en tubos de carrizo”). / Entro a la cadencia de Pedro Páramo: un cántico me arropa: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

La narrativa de Juan Rulfo accede a un rumor que uno retiene en la cabeza para siempre: pleamar lingüística. Sonoridad de una prosodia singular. El habla de personajes solitarios sumidos en el desamparo (“Fue cosa de un repente”; “Bramó como sólo Dios sabe cómo”; “Me mataron los murmullos”; “Todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo”; “La otra que era retealta y que tenía los ojos zarcos”...) / Acudo a sus libros, soy testigo de mis subrayados juveniles y de otros recientes. Son mis Rulfianas: aquí van algunas.

De Pedro Páramo: “Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiro”. / “En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde traslucía un horizonte gris”. / “Conoce usted a Pedro páramo—le pregunté. Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza. ¿Quién es?—volví a preguntar. Un rencor vivo – me contestó él”. / “Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día”. / “Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer”. / “Tu madre era tan bonita, tan, digamos tan tierna, que daba gusto quererla”. / “El siseo de la lluvia como un murmullo de grillos”. / “Llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos”. / “No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire”. / “Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados”. / “¿La ilusión? Eso cuesta caro”. / “El agua apretó su lluvia”. / “Sólo unida por el hilo del sollozo”. / “Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras”.

De Luvina: “Ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas”; ”Ya no hay quien le ladre al silencio”; “El silencio que hay en todas las soledades”; “Allá el tiempo es muy largo”; “Figuras negras sobre el negro fondo de la noche”.

De La Cuesta de las Comadres: “Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto”.

De Es que somos muy pobres: “Los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”.

De La noche que lo dejaron solo: “Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche”; “Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche”.

De Acuérdate: “Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas”.

De No oyes ladrar los perros: “La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda”.

De La herencia de Matilde Arcángel: “Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientas se anda en los caminos”.

De Anacleto Morones: “¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos”.

Juan Rulfo, autor de un manojo de cuentos y de una novela-poema que me siguen resonando en el ánima, adentro, en los desfiladeros del corazón por sus acompasados armónicos: rondó, scherzo, adagio, allegro... Liturgia: partitas bachianas.

El llano en llamas
  • Autor: Juan Rulfo
  • Género: Cuento
  • Editorial: FCE, 1953
El llano en llamas
Pedro Páramo
  • Autor: Juan Rulfo
  • Género: Novela
  • Editorial: FCE, 1955
Pedro Páramo