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Carlos Urdiales

Ayotzinapa

SOBRE LA MARCHA

Carlos Urdiales
Carlos Urdiales
Por:

Cumplimos seis años de luto por 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, Guerrero. 

El dolor de sus familias es la cicatriz nacional que devaluó al sexenio de Enrique Peña Nieto. La verdad histórica heredada a la 4T nació anémica, sin respuestas, con huecos que albergaron miserias políticas.

El Gobierno de López Obrador no ha podido, en dos años, desmontar el eje central de la cuestionada indagatoria de la PGR de Jesús Murillo Karam. Los estudiantes, la noche del 25 de septiembre secuestraron cinco autobuses para moverse por la región y hacer acopio de recursos para viajar a CDMX el 2 de octubre. Entre esa noche y la madrugada del 26, el caos se volvió infierno.

Iguala, gobernada por el PRD mostró la toma de poder del crimen organizado. Policías municipales al servicio de la ley y del narco. La peculiar ruta Iguala-Chicago de autobuses con pasajeros fachada para el trasiego de heroína, es uno de los factores claves de lo que pasó. El famoso quinto camión.

Los retenes, la fiesta de los Abarca para anunciar la candidatura de la señora como sucesora del señor. Feudo protegido por municipales y estatales, con presencia militar. La disputa entre los cárteles Guerreros Unidos y Los Rojos fue el marco para la confusión y la masacre. Llamadas de larga distancia intervenidas por la DEA de Estados Unidos dan dimensión de los intereses involucrados.

La logística donde participaron decenas para mover, golpear, asesinar e incinerar a 43 jóvenes altera su secuencia, precisa por unos metros sus coordenadas, pero la historia, es la misma. Los mataron y sus cuerpos fueron mutilados, quemados, disueltos, enterrados, esparcidos. Su ausencia total, su desaparición literal impide luto, consuelo, sosiego y paz.

Cada año desde hace seis, los padres de los 43 de Ayotzinapa y sus rémoras exigen justicia. El coro de “vivos se los llevaron, vivos los queremos” se ahoga. Claman castigo para todos los responsables que, siendo muchos, se les hacen pocos. Insisten en que hay militares impunes y en contraste, la destrucción de tesis ministeriales ha liberado a 46 cómplices confesos de una matanza sin par.

La geografía guerrerense ha servido como coartada para erosionar la investigación pericial más grande de nuestra historia, las escasas certezas colapsan cuando se descubren minúsculas evidencias en cañones y barrancas aledañas, veredas colindantes o basureros.

Escenas que hicieron negocio en busca de la verdad, expertos internacionales independientes, dependientes de una historia sinfín. Abogados y activistas lucrando con el dolor de los huérfanos de hijos. Ayotzinapa, marca registrada, da dividendos político-electorales.

A seis años, la sed de justicia produce nueva propaganda y más politiquería. Entre las novedades destaca la orden de captura en contra de Tomás Zerón de Lucio, protagonista central en la indagatoria. Evadido de la justicia, se le ubica en Israel.

La vinculación a proceso de José Ángel Casarrubias Salgado alias El Mochomo y también de su abogado Arturo Rodríguez García, acusados de delincuencia organizada, aparenta ser buena noticia porque se le tiene por pieza nuclear en la trama de órdenes cruciales aquella noche. La mala, es que a El Mochomo no lo relacionan con el caso Iguala, sino con el contrabando de drogas.

Así, la justicia se escapa para los 43 de Ayotzinapa. A pesar de reuniones en Gobernación, audiencias privadas con López Obrador, la coadyuvancia del subsecretario Encinas en interrogatorios fuera de norma y de prisión a asesinos confesos o el retorno de viejos expertos y nuevos restos enviados a la Universidad de Innsbruck, la mal llamada verdad histórica pervive en lo sustantivo.

Quizá se arreste a nuevos culpables o a personajes que hagan de chivos expiatorios, pero también hay sicarios que han salido gracias a la rebatinga ideológica sobre una justicia que, al no ser pronta ni expedita, ya no fue justicia.

Llegarán memoriales, disculpas públicas, reparaciones de daño, acciones dirigidas a hacer irrepetible la atrocidad. Que la suma de todo dé paz y consuelo a las familias. Que las evidencias científicas permitan el debido duelo.

Que los 43 de Ayotzinapa dejen de ser botín, inspiración de libros —todos valiosos por sus aportes al registro, por sus cronologías, testimonios y contextos—, argumento para documentales que nos permiten ver y escuchar las imágenes que nos atormentan desde hace seis años, a imaginar menos; a condolernos y a solidarizarnos más.