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Eduardo Marín Conde

El fenómeno de Casablanca

CINEBUTACA

Eduardo Marín Conde
Eduardo Marín Conde 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Eduardo Marín Conde

Hace unos días, en un vuelo internacional, me encontré con la gratísima sorpresa de que en su menú de películas estaba mi favorita de siempre: “Casablanca”, no sólo un clásico de la época dorada de Hollywood sino una obra de culto, un filme convertido en mito, nada menos que la película más amada de la historia. Por supuesto, no iba a desaprovechar esta valiosa oportunidad y la volví a disfrutar por enésima ocasión. Volví a gozar cada escena, cada imagen, cada diálogo, cada frase.

Podemos hacer recuento de sus cualidades cinematográficas: Pericia narrativa, ingenio argumental, vigorosa y anti convencional historia romántica, sorpresivos giros de la trama en el contexto de la Guerra Mundial, que es un alegato en contra del autoritarismo nazi y la sumisión del gobierno colaboracionista francés y un enaltecimiento del espíritu de libertad y sentido patriótico de la resistencia y la lucha aliada. Pero ningún argumento justifica por sí mismo la euforia, el impacto y la influencia que ha tenido.

La protagonista, la inolvidable actriz sueca Ingrid Bergman, siempre se extrañó de cómo el filme era tan adorado y que a donde fuera, todos querían que hablara de él cuando ella hubiera preferido comentar otros de sus filmes que consideraba de mejor calidad. En el rodaje, Bergman y el actor estelar, el carismático Humphrey Bogart (que nunca hicieron amistad y se mantuvieron distantes durante la filmación) comentaban que varios de los diálogos lucían inverosímiles y hasta ridículos. Sin embargo, la Academia le concedió el Oscar a Mejor Guion, además del de Mejor Película y Mejor Director para el húngaro Michael Curtiz. Hace 15 años, el sindicato de guionistas de Hollywood lo designó el Mejor Guion en la historia del cine.

¿Cuál es el secreto del fenómeno en que se convirtió? Simple y sencillamente que está dotada de un encanto particular. Más allá de sus puntos débiles, posee una magia irrepetible. Es uno de esos casos que muy rara vez suceden en el cine, como “Psicosis”, “El mago de Oz”, “Cantando bajo la lluvia”, “Lo que el viento se llevó”, “Ben Hur” o “Una Eva y dos Adanes”, que están en mi lista de películas favoritas.

Alguna ocasión discutí, hasta llegar casi a perder nuestros cabales, con un cercano amigo, que obstinadamente sostenía que hay una clara diferencia entre nuestros filmes favoritos y los que consideramos como los mejores de la historia. Su postura estaba más ligada al concepto de gusto culposo. Estoy convencido que no hay tal diferencia radical. En mi lista personal de los grandes filmes, de alto nivel de calidad, están, entre otros, la joya del cine mudo “El acorazado Potemkin”, la italiana “Ladrón de bicicletas”, la japonesa “Rashomon”, la sueca “Fresas salvajes”, “El ciudadano Kane”, “La lista de Schindler”. Pero en esa lista también incluyo varias de mis películas favoritas, aquellas que me llevaría a una isla desierta, las que puedo ver una y otra vez sin dejar de quedar fascinado. “Casablanca”, por supuesto, está en ambas listas.