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Vacíos de la Línea 12

DESDE LAS CLOACAS

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*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
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El barrio se llenó de nuevos negocios: cafés, tiendas de ropa y zapatos; en avenida Tláhuac hubo un boom de gasolineras; los hoteles y moteles también tuvieron un auge tan sexy como escandaloso entre los vecinos más conservadores. Así lo cuenta don Basilio, quien ha vivido en Tláhuac toda su vida.

Luego vinieron las plazas comerciales, una, dos, tres, algunas a lado de las otras; hasta antes de la Línea 12 sólo teníamos un cine de cadena comercial y un cine de barrio que por estos días aparece mucho en fotos de la prensa: Cinemas Tláhuac. Ahí conocieron las películas a cinco pesos cuando salían de la secundaria.

La plusvalía —palabra que nunca habían oído— también comenzó a marcarlo todo. Una propiedad tasaba su valor por su cercanía con alguna estación del Metro. Quién diría que la modernidad le dificulta las cosas a la cartera.

Poco a poco fueron desapareciendo parcelas que, antes de la Línea 12, aún adornaban los recorridos en chimeco o Microbús hasta Tláhuac, donde estaba la única biblioteca de esa zona de la ciudad, establos donde se organizaban peleas de gallos y rodeos donde pasaron fines enteros.

La Línea Dorada y su flamante tren férreo los conectó con el centro y el poniente de la Ciudad de México. Los recorridos se redujeron drásticamente y por primera vez, pudieron ver sus barrios y pueblos desde lo alto de una obra que los políticos vendieron como sinónimo de progreso.

Desde ahí observaron, morbosos, gallineros en las azoteas, los tendederos de las chicas que les gustaban, tuvieron panorámicas envidiables del Popo y el Iztaccíhuatl, y también vimos patios felices.

Antes de que la L12 estuviera en el centro de las aspiraciones políticas y de los festejos del Bicentenario de la Independencia, escuchaban a los viejos decir que no era buena idea un Metro que pasara por avenida Tláhuac. Ellos decían que sus calles y barrios se llenarían de malandros, de indeseables, que la delincuencia estaría a la orden del día y que la tranquilidad se iría para siempre.

La noche del colapso llegó en bici al lugar apenas unos minutos después de lo ocurrido: inverosímil, impactante, inconcebible, aparatoso, dantesco. No habían aguantado la respiración así desde el terremoto de 2017.

Los viejos no se equivocaron en casi nada y la tragedia llegó hasta nuestro vecindario en tren. Hoy hay una promesa de echar a andar de nuevo esa línea, pero no de justicia.

En el baúl. Mientras a una le levantan la mano de cara al 2024, otro ya comenzó las reuniones con quien podría ser su equipo de comunicación en la carrera por la Presidencia. Me cuentan que Marcelo Ebrard inició ya acercamientos con gente cercana a José Antonio Meade, está armando su escuadrón. Las patadas por debajo de la mesa no tardan en empezar.