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Guillermo Hurtado

El brillo de la esperanza

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado
Por:

El mundo es lo que es, no lo que queremos que sea. ¿Está usted de acuerdo? De seguro me dirá que sí lo está. ¿Quién puede negar la realidad inobjetable de la afirmación previa? Sin embargo, si uno observa a su alrededor, se dará cuenta de que son muchos los que, por sus actos y sus reacciones, demuestran que no creen en la verdad de lo que expresé en la primera oración de este texto.

Nos quejamos una y otra vez de que las cosas no son como queremos que sean. Da la impresión de que pensamos que tenemos un derecho a que la realidad se adapte a nuestros intereses y ambiciones. Como ha apuntado Ratzinger, se trata de la enfermedad de nuestro tiempo. Asómese a las redes sociales: están repletas de ofensas, reclamos, lamentos. Nadie está satisfecho. Nadie está contento. Quien no se queja del gobernante, se queja del vecino. Quien no maldice la pandemia, maldice su dolor de muelas. ¿En qué mundo creen que viven? ¿En el de sus sueños? Parece increíble que haya que recordarles lo evidente: vivimos en un mundo que no está cortado a la medida de nuestros deseos. El mundo es lo que es, no lo que queremos que sea.

La sabiduría a la que puede aspirar un ser humano es aprender a vivir en este mundo. Todas las grandes religiones han dado un mapa de ruta para cruzar la estepa de la vida de mejor manera. Para el cristianismo este mundo no es el sitio en el que encontraremos el dulce fruto de la existencia. Sin embargo, eso no significa que debamos escapar del mundo, ya sea por el suicidio o por la fantasía o por la negación. El cristiano debe aprender a vivir en este mundo, con todas sus dificultades, todas sus injusticias, todas sus tragedias. ¿Acaso no es eso, precisamente, lo que hizo Jesucristo? ¿No nos enseñó que para completar nuestro camino debemos cargar nuestra cruz?

Hay que entender lo que significa –en su dimensión más profunda– cargar la cruz. Debemos cuidarnos de no caer en el otro extremo de disfrutar los dolores, las bajezas y las crueldades de la existencia. Cargar la cruz no significa decirle sí a lo malo del mundo. Cargar la cruz es hacer la apuesta de que todo ese mal no triunfará en el fin de la historia. Es una apuesta que no está fundada en un cálculo racional, sino en el amor incondicional a Dios y a nuestros semejantes. Como dijo Santa Rosa de Lima, la cruz es la única escalera que nos permite ascender al cielo, es decir, pasar del dolor a la dicha, de la tristeza a la alegría, de la angustia a la plenitud.

Mientras más negra es la noche, más brillante es la estrella de la esperanza.