Guillermo Hurtado

Conocimiento instantáneo

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Guillermo Hurtado
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

Cuando era joven y me reunía con mis amigos melómanos, había momentos de la conversación en la que yo me quedaba callado porque no tenía el conocimiento de la música clásica que ellos gozaban.

Me impresionaba mucho su capacidad para identificar una grabación con exactitud. Por ejemplo, alguien ponía un disco y preguntaba a los demás: ¿qué es? La primera respuesta era la de señalar el autor, luego el nombre de la obra y, por último, el movimiento o parte, si venía al caso. Pero el juego de adivinanza no terminaba ahí. El siguiente paso era indicar qué orquesta interpretaba la pieza, quién era el solista, quién era el director. Yo me quedaba con la boca abierta cuando alguno de mis amigos lograba la proeza de responder a todas esas preguntas.

Cuando íbamos en el auto y pasaban por la radio alguna composición desconocida, nos quedábamos estacionados hasta que el locutor dijera quién era el autor y cuál era el nombre de la pieza. Así eran las cosas cuando la información, no sólo la musical, sino la de cualquier otra disciplina artística, era tan restringida, tan difícil de obtener.

La semana anterior, mis hijos me enseñaron una aplicación para el teléfono celular que “escucha” una pieza musical y, en cuestión de segundos, ofrece toda la información sobre ella: título, autor, intérprete, fecha de grabación, disco en la que está incluida. Quedé patidifuso. ¿Cómo era posible tanta magia? Mis hijos se rieron. Me dijeron que ese tipo de aplicaciones llevan muchos años en el mercado. Yo no tenía idea. Me sentí como un pelmazo.

Lo que antes sólo mis amigos más conocedores –que habían dedicado años enteros de su vida a escuchar y analizar cientos o miles de discos de música clásica– podían hacer, ahora cualquiera lo logra con apretar un botón. Desde que la tengo en mi teléfono, he estado usando la aplicación cada vez que prendo el radio. Lo he disfrutado mucho, pero, al mismo tiempo, he sentido una extraña sensación de impostura. Ahora puedo hacer lo mismo que mis amigos melómanos, pero sin haber estudiado como ellos, sin tener su fino oído musical, sin poseer su talento artístico. ¿Es justo que yo tenga a la mano esa información, sin haber realizado ningún esfuerzo?

Las tecnologías de la información nos han ofrecido la capacidad de conocer cosas que antes jamás hubiéramos soñado. Se trata de un conocimiento instantáneo: no hace falta esperar un día, ni siquiera una hora, sino que se obtiene en cuestión de segundos. En muchas ocasiones, ese conocimiento es gratuito. No pagué nada por instalar aquella aplicación en mi teléfono. Y así como la obtuve yo, la puede obtener cualquiera, joven o viejo, culto o ignorante. Todavía no me acostumbro a que todas esas cosas sean posibles, pero, sobre todo, a que sean moralmente legítimas.