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Guillermo Hurtado

Pensar a México más allá de la polarización

TEATRO DE SOMBRAS

Guillermo Hurtado
Guillermo Hurtado 
*Esta columna expresa el punto de vista de su autor, no necesariamente de La Razón.
Por:
  • Guillermo Hurtado

México es un país atravesado por hondas diferencias: hay millonarios y mendigos, burgueses y proletarios, chilangos y provincianos, mestizos e indios, güeros y prietos, ateos y creyentes, machistas y feministas, conservadores y progresistas, izquierdistas y derechistas, etc. Hasta hace poco, estas divisiones no se habían manifestado en una polarización política como la que vivimos hoy en día. Y es que las diferencias, por extremas que sean, no derivan automáticamente en una polarización; es preciso que aparezcan condiciones específicas que de-sencadenen el proceso.

En México, como todos sabemos, la polarización actual ha sido impulsada por un poderoso agente político: Andrés Manuel López Obrador.  

Se puede decir que nuestra polarización está conformada por dos grupos enfrentados por su actitud ante la figura del Presidente. A los simpatizantes a ultranza de Andrés Manuel López Obrador los han llamado chairos. A sus detractores a ultranza los han llamado fifís. Todo el espacio público, desde las pláticas de sobremesa hasta los debates parlamentarios, se ha convertido en campo de batalla entre chairos y fifís. Como si fuera un tsunami invisible, la polarización inunda todos los resquicios del alma nacional. Cada vez es más difícil permanecer neutral.  

La polarización es un peligro para nuestra democracia. Por eso, no me extraña leer las encuestas que revelan que la mayor parte de los mexicanos no apoya ese sistema político. Aunque no lo confiesen, los fifís quisieran que los chairos no votaran y los chairos que los fifís tampoco lo hicieran. Ninguno de los dos grupos de extremistas acepta la voluntad soberana del grupo opositor

El fifí odia a los chairos y el chairo odia a los fifís. El antagonismo es absoluto: no permite medias tintas ni concesiones ni excepciones. La polarización se ha convertido en una especie de guerra civil fría. Todavía no es una guerra en sentido estricto, pero, por desgracia, ya están dadas las condiciones para ese nivel de confrontación. 

Es importante aclarar que no estamos ante un enfrentamiento típico entre proletarios y burgueses. Nuestra polarización no es una lucha de clases en el sentido marxista. Sin embargo, habría que conceder que abundan los burgueses entre los fifís y abundan los proletarios entre los chairos. Tampoco estamos ante una polarización entre izquierdistas y derechistas, aunque, de nuevo, podríamos señalar que hay más derechistas entre los fifís y más izquierdistas entre los chairos. Lo mismo podría decirse de otras de nuestras divisiones políticas, económicas y culturales, aunque no de todas, ya que hay algunas de ellas que no se han acomodado dentro de la polarización actual.  

Observo que la mayoría de quienes extrañan al México de antes de 2018, quisieran que acabara la polarización, pero rara vez toman en cuenta las contradicciones que ya desde entonces existían entre nosotros. Es decir, quisieran que volviéramos a tener una sociedad repleta de desigualdades, pero sin el enfrentamiento entre chairos y fifís. Quizá suponen que, si Andrés Manuel López Obrador saliera definitivamente del escenario político, las cosas volverían a ser como antes: no habría fifís ni chairos, aunque todavía hubiera enormes diferencias entre ricos y pobres, izquierdistas y derechistas, mestizos e indios, conservadores y progresistas, etc. Quienes piensan así olvidan que la agudización de las contradicciones preparó el terreno para la polarización. Para superarla tendremos que atender esas contradicciones de manera más eficiente, pero, sobre todo, más justa.  

Es importante aclarar que no estamos ante un enfrentamiento típico entre proletarios y burgueses. Nuestra polarización no es una lucha de clases en el sentido marxista. Sin embargo, habría que conceder que abundan los burgueses entre los fifís y abundan los proletarios entre los chairos. Tampoco estamos ante una polarización entre izquierdistas y derechistas

Me temo que la polarización entre los fifís y los chairos irá más allá de 2024, cuando López Obrador deje la presidencia. Los fifís y los chairos han adquirido una identidad a partir de su lucha política, ideológica y cultural. Se han definido a sí mismos por el odio que sienten por su oponente y, a su vez, por el odio que reciben de su oponente. Es probable —y deseable por encima de todas las cosas— que la guerra civil fría no se haga caliente, pero me parece improbable que los ejércitos que ahora están encontrados frente a frente se dispersen como por arte de magia.  

Es evidente que la polarización es un peligro para nuestra democracia. Por eso, no me extraña leer las encuestas que revelan que la mayor parte de los mexicanos no apoya ese sistema político. Aunque no lo confiesen, los fifís quisieran que los chairos no votaran y los chairos quisieran que los fifís tampoco lo hicieran. Ninguno de los dos grupos de extremistas acepta la voluntad soberana del grupo opositor. Nuestra polarización es un caldo de cultivo de la antidemocracia.  

Para que México pueda salvarse tendremos que hacer un esfuerzo enorme para pensar y actuar por fuera de la polarización, es decir, dejar de pensar y actuar como chairos o fifís para pensar y actuar —con rigor, responsabilidad y sensatez— como mexicanos comprometidos con la democracia genuina.