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Julia Santibáñez

Alardeo bonitamente de una herida

LA UTORA

Julia Santibáñez
Julia Santibáñez
Por:

“Tendrías que llegar como la noche / a ocupar todo el aire de mi casa”.

Me fascina el tango. No sé cuándo empezó a gustarme pero ya hace tiempo, porque varios integran el soundtrack de mis abolladuras emocionales; incluyo ahí desde Gardel hasta Bajofondo o Francis Andreu. Esa música tiene algo que se ajusta al costillar y hace que borbotee el dolor disimulado.

“Tendrías que llegar como el verano, / caer al fin del día como un premio / a cerrarme los ojos con tu mano”.

Estoy leyendo El tango, de la impresionante poeta uruguaya Idea Vilariño, donde desgrana el carácter de ese género musical, revalora su solidez rítmica y la calidad literaria que muchos le escamotearon (Borges incluido). Ella como autora me ha marcado a fuego por décadas. Pienso ahora que su interés por el tango fue natural: coincidía con sus inclinaciones creativas personales.

Los versos de Idea son de una contundencia fiera. Atroz. En pocas palabras cuestiona mi comodidad lectora, el sillón donde estoy sentada, la casa, la cuadra y la ciudad, como en este poema desamorado: “Si te murieras tú / y se murieran ellos / y me muriera yo / y el perro / qué limpieza”. Algo similar ocurre en “Esta noche me emborracho” y “Tormenta”, canciones del argentino Enrique Santos Discépolo. Los más notables compositores tangueros y Vilariño también tienen en común la eficacia sintética: escriben con pocas líneas y además son cortas, sin rebabas, las ciñe bien.

Mientras lo pienso encuentro que es de Idea la letra del tango que cito al inicio de esta columna, una barbaridad dignar de repetir: “Tendrías que llegar como la noche / a ocupar todo el aire de mi casa… // Tendrías que llegar como el verano, / caer al fin del día como un premio / a cerrarme los ojos con tu mano. // Tendrías que llegar y darme vida, / como un licor amargo, seco y fuerte; / una vez, otra vez y cada día, / tendrías que llegar como la muerte”. Qué descomunal referirse así a un alguien ausenciado: te necesito como a un licor amargo, seco y fuerte.

La potencia de un texto de la uruguaya o de un tango radican en el uso de cadencia y sustantivos para narrar mi propia pesadumbre inescapable, la que me punza el músculo más hondo. Ambos conforman un vocabulario para decirme con sus voces. Dado que visito con asustante frecuencia tanto bandoneones como a Vilariño asumo dos verdades: 1) no sólo me gusta oír tango sino que vivo en el drama, haciendo tango; 2) no me basto para alardear bonitamente de cada herida, por eso requiero sus palabras.

En mi descargo diré que a veces busco canciones y poemas luminosos. A veces.