Martes 26.01.2021 - 09:04

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Leonardo Núñez González

Los desafíos de las vacunas contra el coronavirus

EL ESPEJO

Leonardo Núñez González
Leonardo Núñez González
Por:

Los resultados de las pruebas de Pfizer y Moderna, con sus respectivas vacunas contra el virus SARS-CoV2, son sumamente alentadoras y abren una ventana de esperanza para salir de esta pandemia en un futuro no muy lejano, con un porcentaje de efectividad cercano al 95 por ciento; sin embargo, la logística necesaria para su aplicación a nivel mundial es uno de los temas que pondrán a prueba la efectividad de todos los gobiernos.

La clave de estas dos vacunas consiste en que se trata de un tipo de tecnología totalmente diferente a la de las vacunas que actualmente usamos de manera masiva para la mayor cantidad de enfermedades. Las vacunas convencionales usualmente funcionan con proteínas producidas directamente por patógenos cuya potencia ha sido desactivada, que permiten que el sistema inmune de los pacientes identifique y tenga los elementos necesarios para combatir a la enfermedad cuando trate de infectarlo. Esto es un refinamiento de los primeros esfuerzos de inoculación masiva contra la viruela, en los que las pústulas de los infectados que habían logrado sobrevivir a la enfermedad eran introducidas en el cuerpo de los pacientes a través de pequeñas cortadas hechas en los brazos.

Por el contrario, las vacunas de Pfizer y Moderna trabajan a partir de cadenas de ácido ribonucleico (ARN) que, inyectadas en los pacientes, hacen que su propio cuerpo genere células que superficialmente son parecidas al coronavirus, pero que no son el virus. Así, el sistema inmune de los individuos aprende a reconocer y destruir al coronavirus cuando realmente ingresa al cuerpo, protegiéndolo de enfermarse de Covid-19. Esta nueva tecnología supera las expectativas que se tenían sobre la efectividad necesaria para la vacuna pues, para poner un ejemplo, las inyecciones contra la fiebre estacional de 2019-2020 tienen una efectividad de entre 32 por ciento y 45 por ciento y su mejor resultado fue en 2010, cuando estuvo en 60 por ciento. Seguimos usando estas vacunas porque, administradas de manera casi universal, esa efectividad es suficiente para desarrollar la conocida “inmunidad de rebaño”, en la que las personas inmunes son las suficientes para detener la propagación y proteger a quienes la vacuna no logró proteger.

El problema fundamental es que estas nuevas vacunas necesitan estar continuamente en refrigeración y, en el caso de la vacuna de Pfizer, la temperatura tiene que ser mucho más baja que la que proporciona un refrigerador convencional, pues requiere un mínimo de menos 70 grados centígrados. Si se almacena a una temperatura de 2 grados a 8 grados centígrados, la vacuna sólo resiste un máximo de cinco días. Después, el ARN contenido en las dosis se degrada y las hace inútiles. De acuerdo con estimaciones de la OMS, alrededor de 3 mil millones de personas de las 7.8 que hay en el mundo viven en zonas donde las instalaciones de almacenamiento para garantizar la “cadena fría” son insuficientes para garantizar un despliegue efectivo de la vacuna. Por lo tanto, tendrán que desarrollarse nuevas capacidades que permitan llevar estas vacunas a los lugares más remotos para que, al llegar, éstas no sean inservibles. Los Estados más frágiles corren contra el reloj para prepararse.