El ocaso del americanismo

Ecuador: el Estado en jaque
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A golpe de tuits Donald Trump está acabando con lo que quedaba del viejo universalismo liberal de Estados Unidos. En sus actos de campaña en Texas, el presidente ha instalado definitivamente el tema migratorio en la agenda electoral legislativa de la contienda intermedia. La gran nación americana, según Trump, está siendo amenazada por hordas extranjeras, provenientes del triángulo norte de Centroamérica.

Hace poco más de un siglo el expansionismo norteamericano se basaba en la filosofía política contraria: las fronteras estaban para ser traspasadas. Publicistas como John L. O’Sullivan defendían el avance del dominio de Estados Unidos hacia México, el Caribe y América Central, a partir de una supuesta misión civilizatoria en el área. Historiadores como Frederick Jackson Turner entendieron la hechura de la nación americana como una presión constante sobre sus bordes.

Ahora un presidente que dice admirar a Andrew Jackson reformula el excepcionalismo desde una versión aislacionista pedestre, que presenta como enemigas las repúblicas americanas. Con Trump el americanismo se repliega a su grado cero, echando por tierra las tradiciones republicanas y democráticas que dieron vida a las relaciones interamericanas en los dos últimos siglos.

La crisis, como observa David Leonhardt en The New York Times, llega al punto de que ni siquiera los demócratas son capaces de asumir la defensa de los derechos humanos de los migrantes centroamericanos. La caravana hondureña es todo un símbolo del desgaste secular del americanismo. Un desgaste del que Trump es efecto, no causa, y que tiene su origen en la mezcla de intervencionismo y demagogia con que Estados Unidos condujo sus relaciones con América Latina, sobre todo, en el siglo XX.

La incapacidad del Partido Demócrata, para enfrentar a Trump en el tema migratorio, tiene que ver con ese legado incómodo de la política hemisférica de Washington. Cuando el presidente anuncia sanciones y recortes a la ayuda internacional a los países centroamericanos, la única respuesta decorosa y convincente es una clara apuesta por la colaboración para el desarrollo.

El nacionalismo trumpista hace evidente la interconexión de política interna y externa en Estados Unidos. Ni México ni ninguno de los países centroamericanos podrá sustraerse del conflicto que propicia el enfoque de Trump, especialmente en los estados fronterizos. El antiglobalismo es la forma que adopta la actual refundación conservadora que impulsa el presidente.

No por burda la doctrina Trump deja de ganar adeptos en Estados Unidos y el mundo. El viejo intervencionismo y la vieja arrogancia se revisten de una nueva versión de patriotismo, puesta en función de la misma hegemonía hemisférica. El giro discursivo y práctico de la política continental de la gran potencia obligará a un replanteamiento de las agendas bilaterales y regionales en América Latina, que habrá que seguir con la mayor precisión.