El liderazgo que el mundo necesita

VOCES DE LEVANTE Y OCCIDENTE

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No cabe duda que, en un mundo no globalizado, el coronavirus habría tardado años en traspasar fronteras. Se dice que la Peste Negra, que acabó con casi la mitad de los pobladores del planeta en la Edad Media, tardó 10 años en llegar de China a Inglaterra. Queda también claro que la letalidad del virus variará dependiendo de las condiciones políticas, el estado del sistema de salud y el tipo de población de cada país. Pareciera entonces como si la globalización se hubiera convertido en el enemigo a vencer.

La mayoría de líderes entienden la presente crisis como una crisis nacional y buscan poner, naturalmente, el bienestar de sus pobladores primero. Sin embargo, la globalización de la economía internacional es un hecho irreversible. Sin importar qué tan rápido o cuántas fronteras se cierren, la expansión de un virus de esta naturaleza es imparable. Los virus no conocen fronteras. Si partimos de este hecho, la respuesta a esta crisis entonces no debe ser un ataque a la globalización, sino la búsqueda de la cooperación internacional.

El problema, sin embargo, es que para tener una respuesta coordinada ante una epidemia global es necesario que alguien tome el liderazgo. En el último siglo fue Estados Unidos quien asumió esta tarea, liderando al mundo, por ejemplo, en un esfuerzo por contener la amenaza nazi-fascista. En 2016, sin embargo, los electores estadounidenses le pusieron un alto a esta tradición. La misiva fue: America First.

Con este objetivo en mente, Trump ha decidido enfrentar la presente crisis; minimizando las predicciones de la comunidad científica internacional, culpando a otros países de fomentar la epidemia e incluso tratando de hacer tratos con compañías para darle a Washington la exclusividad de una posible cura. El problema es que el nacionalismo sirve para conseguir votos, pero no para detener la naturaleza.

Trump puede poner todos sus esfuerzos en parar la crisis en su país,
pero mientras el virus siga recorriendo el mundo éste regresará eventualmente, sólo que con más fuerza. A diferencia de la Peste Negra, el mundo tiene hoy el conocimiento suficiente no sólo para encontrar una cura al virus sino para predecir su comportamiento; sin embargo, esto requiere de un esfuerzo científico internacional.

Además de esto, es necesaria una respuesta concertada que no se ocupe de la defensa de países específicos, sino de acciones que traten de paliar la crisis en sus focos álgidos; incluso si se trata del “malvado Irán”. Éste es el momento para un liderazgo globalizado, que redirija el trabajo de la manufactura internacional para producir máscaras, geles antibacteriales y respiradores, y que los lleve en el menor tiempo posible a donde más se necesita.

Sólo redirigiendo la economía internacional para acabar con la Alemania nazi fueron los aliados capaces de acabar con aquella amenaza. Para enfrentar una pandemia se necesita un liderazgo que no conozca fronteras.

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