No son monstruos; son resultado del sistema

Una flor en papel celofán
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La violencia es una opción que está en la vida de todas las personas, más allá de sus historias y de contextos. Siempre tomamos la decisión de cómo queremos relacionarnos con la otredad, y optar por la violencia es una decisión personalísima, y más cuando se trata de las personas más cercanas.

Entendemos la violencia como esas conductas conscientes que buscan causar un daño físico, psicológico, sexual o económico; y optar por ejercer ese daño contra alguien puede tener muchos motivos y detonantes; pero siempre será resultado de una elección, de qué quiero o cómo quiero que sea esa relación.

Y así es la violencia de género. Es decir, es cuando los motivos principales que detonan la violencia son a partir de las desigualdades que existen entre hombres y mujeres. Son principalmente las mujeres las receptoras de esta violencia; y es que en las sociedades hemos construido un sistema de relación en el que domina lo masculino; dicho de otra forma, el patriarcado. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud (2002) indica que mientras los hombres reciben violencia mayoritariamente por personas desconocidas y no por su condición de hombres, 70 por ciento de las mujeres víctimas de homicidio, es decir, feminicidio, fueron asesinadas por sus parejas sentimentales. Esto sólo se explica porque el sistema que hemos construido así lo permite. Y es que para las mujeres, la violencia comienza desde el espacio de lo familiar y se transfiere a todos los demás espacios, como el laboral, el académico y la calle. Por eso se explica con mucha certeza cuando se dice  que no todos los hombres optan por relaciones violentas; pero la mayoría de las mujeres, de una forma u otra, la hemos vivido.

En este sistema se ha hecho una exaltación de los estereotipos, roles e identidades asociadas al deber ser de lo femenino, de lo masculino y su jerarquización. Para muchos, el incumplimiento de éstos se convierte en el motivo de optar por la violencia,  pues rompe con lo esperado en un sistema de dominación masculina. Por eso es que la OPS/OMS (1999) dice que “la violencia de género no es resultado inexplicable de conductas desviadas y patológicas, sino una práctica aprendida, consciente y orientada, producto de una organización social estructurada sobre la base de la desigualdad de género”.

Por más terribles que sean los hechos, éstos no son cometidos por monstruos; son realizados por personas que optan por la violencia y que jerarquizan sus relaciones al poner a las mujeres, a las niñas, a las jóvenes y a las adolescentes en un nivel de dominación y satisfacción personal; y la única manera de romperlo es enfrentando al sistema social que lo permite y reproduce, al colocar a las mujeres en roles preestablecidos como único camino y dejando de lado la posibilidad de construir un proyecto de vida libre de estereotipos. Por eso, la exigencia de salarios semejantes por puestos semejantes, derecho a la participación ciudadana y política, derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, terminar con la trata de personas, con el matrimonio infantil y, entre muchas otras, también garantizar la igualdad de oportunidades.