Tiempos de pandemia

APUNTES DE LA ALDEA GLOBAL

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El coronavirus ha llegado a perturbar aún más la tambaleante globalización de principios del siglo XXI. Primero fueron las ideologías altermundistas que llamaban a detener la mundialización financiera y tecnológica. Luego los populismos de derecha que arremetieron contra el libre comercio, la universalización de los derechos humanos y la colaboración global contra el cambio climático y el deterioro del medio ambiente. Ahora llega esta maldita plaga y el precario orden global muestra sus grietas.

Desde fines del siglo pasado, cuando la lucha contra el Sida, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha firmado múltiples acuerdos que establecen protocolos para enfrentar epidemias sin vulnerar derechos humanos. La OMS ha sugerido una serie de medidas para prevenir la propagación del brote, que involucran necesariamente a las instituciones turísticas, educativas, deportivas, del entretenimiento y cualquier otra esfera que opere con multitudes.

Pero frente a fenómenos como el Covid-19 rápidamente emergen las prácticas casuísticas —“soberanas” dirán algunos— de estados que no aceptan plenamente las reglas del juego de la globalización.

Lo estamos viendo en China, donde en la ciudad de Wuhan, donde se desató la pandemia, se ha producido la militarización de un territorio enorme donde viven más de 60 millones de personas.

A diferencia de lo que recomienda la OMS, el gobierno chino ha puesto en cuarentena a los infectados y, también, a sus familias. Basta que haya un enfermo para que todo el núcleo familiar sea asumido como portador del virus. Confinados en sus casas, sólo un miembro de la familia tiene permiso para salir a comprar
víveres cada dos días.

Con frecuencia se señala que China, a diferencia de Rusia, es una potencia cuidadosa en el despliegue de su poderío militar a nivel global. Hasta ahora, los chinos han jugado su ascendente hegemonismo mundial en el plano de la economía y el comercio. Pero dentro del enorme territorio nacional chino, la militarización es un fenómeno cada vez más común, que se pone en práctica lo mismo para ejercer control demográfico y poblacional que para combatir malestares sociales y epidemias.

Otro país que en estos días enfrenta el Covid-19 por fuera de las normativas internacionales es Irán. En la ciudad sagrada de Qom, la epidemia se ha propagado a toda velocidad y cerca de 150 personas parecen estar infectadas. El gobierno iraní negó durante semanas el contagio, mientras los clérigos peroraban sobre las maldiciones apocalípticas de la plaga y los superpoderes de Alá para conjurarlas.

Como recuerda Robert Fisk en La Jornada, el Covid-19 se ha reproducido en la ruta de las procesiones islámicas a Qom.  La reacción poco transparente del gobierno iraní está relacionada con su interés en no perturbar las peregrinaciones. Vecinos de Irán como los Emiratos Bahrein y Arabia Saudita han protestado y han pedido que Teherán adopte los protocolos internacionales, sobre todo, teniendo en cuenta que en el verano está prevista la peregrinación mayor a La Meca.

En tiempos de pandemia brotan el autoritarismo y el racismo, dos tendencias que se reproducen a marcha forzada en el siglo XXI. El uso indiscriminado de las fuerzas armadas ante cualquier crisis humanitaria está normalizando un despotismo que se
desentiende de las premisas de derechos humanos adoptadas por la comunidad internacional tras la Segunda Guerra Mundial.

El racismo y la xenofobia, alentados especialmente por las nuevas derechas conservadoras en Estados Unidos y Europa, también se activan en tiempos de pandemias. Asiáticos y árabes, que durante siglos han sufrido el desprecio de Occidente, vuelven a ser imaginados como seres amenazantes e infecciosos. Esas fobias, que también deben ser contrarrestadas y eludidas, no justifican, sin embargo, el comportamiento autoritario que hemos visto, hasta ahora, en los gobiernos chino e iraní.

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