Tráfico en el Everest

Todos los fuegos el fuego
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Venecia se hunde bajo el peso de un turismo infame que, a sabiendas, sigue presionando. La verdad es que no es tan bella bajo las hordas: de hecho es apenas visible.

Hay zonas enteras de Barcelona que son francamente intransitables, y donde parecería que los caprichos de Gaudí se han transfigurado en las gambetas de Messi.

Algunos cuadros (de Leonardo, de Van Gogh) literalmente no se pueden ver en los museos a menos que uno forme parte de la compacta masa que los rodea y luego, ya estando frente a ellos, se deje empujar unos segundos después por la siguiente masa compacta.

Nos gusta viajar y conocer cosas nuevas, pero también somos (el turista lo es) una de las especies más manipulables de ser humano que existen, esclavos de la propaganda y padeciendo ésa no tan nueva adicción que consiste en no quererse perder (pero casi de una manera clínica) lo que todos están gozando y poniendo de moda. El turista es un pez dispuesto a morder todos los anzuelos, y desde hace mucho tiempo es preferible, para no pocos, quedarse en casa  a ser un bikini más en Semana Santa.

Por supuesto, fuerzas inversas entran en acción, porque así funciona el mundo, y hoy también descuella un turismo que vende (caro) una vuelta a la rusticidad y una aparente soledad en lindos rincones del planeta, siempre apuntando a ese target que es el alelado turista. Lo que se ha ido perdiendo es la figura del viajero, dispuesta a perderse, a hacer descubrimientos propios, a quedarse más tiempo. Al viajero no le interesa aventar una moneda a la Fontana de Trevi (con registro fotográfico, por supuesto, porque si no no ocurrió) sino tal vez gastársela en una oscura trattoria donde le sirvan grappa y le cuenten una historia. Pero todo está mapeado, y todo tiene dueño, y cada vez es más difícil perderse, o estar dispuesto a perderse, como escribió famosamente Julio Torri (“como estaba dispuesto a perderme, las sirenas no cantaron para mí”).

Ahora leemos la escandalosa, apenas verosímil noticia de las colas de gente que se forman para ascender el Everest. Las fotos lo confirman: esa montaña legendaria, que creímos medianamente inaccesible y solitaria, con un par de sherpas fatigándola, se llenó con los mismos señores que están hundiendo a Venecia y que no dejan ver el cielo estrellado de Van Gogh. ¡Algunos mueren haciendo cola, y los tanques de gas ya forman un basural en esas crestas nevadas! ¿Quién escribió ese relato de terror? ¿Es una pesadilla de Philiip K. Dick? No, es nuestro ecocidio, nuestra vanidad ciega y sorda y nuestra imbatible vocación borreguil. Hasta el mismísimo Everest ha llegado toda esa popó. Sabemos que existe la basura espacial. ¿Qué tan cerca estaremos de devastar la Luna?, ¿de llenar Marte de japoneses? Tal vez las tendencias, los trending topics, son en realidad focos de alarma que nos avisan que vayamos justo en la dirección contraria, para no asfixiarnos. ¡Filas de gente en el Everest! ¿Escuchará esa gente el sonido de sus pensamientos, si los tienen, o sólo son máquinas de ascenso?