En la madrugada del 7 de junio de 1911, el artillero Medrano dormía intranquilamente. No estaba despierto, pero creía que lo estaba; no era el insomnio, pero se parecía. Tenía sus razones. A la mañana siguiente, algo que había comenzado como una anécdota, como una cruzada más sin victoria posible, iba a hacerse realidad: Madero entraría a la ciudad de México.
Desde un mes antes, la única conversación que monopolizaba los labios de México era la inminente victoria de “Don Panchito”. Todo había empezado en Ciudad Juárez, con los acuerdos que se firmaron ahí (y que algunos pronosticaron como el principio del fin de la revolución). Pero en la ciudad de México el insospechado triunfo de Madero se sintió de veras el 24 de mayo, cuando se exigió abiertamente la renuncia de Porfirio Díaz en la Cámara de Diputados y una manifestación enardecida se dirigió a la casa del dictador para exigirle, a grito pelado, que se largara. Fue entonces cuando el artillero Medrano (que nada sabía de grillas ni de la convulsa política que caracterizaba sus días) se enteró bien de lo que ocurría, porque algunos de los manifestantes atacaron una gendarmería y entonces su regimiento, que era el tercero, fue puesto en alerta. Y aunque ese día hubo bastante movimiento (un incendio en la antigua sede de El Imparcial, enfrentamientos en las calles de 5 de mayo y Empedradillo, y hasta un muerto en Donceles), el Tercer Regimiento de Artillería no vio acción.
Todos estaban nerviosos. Después de 33 años en el poder, Díaz por fin había dejado la silla y quién sabe si todavía estaba en el Ipiranga, cruzando el
Atlántico rumbo a Europa. Ahora algunos artilleros, envalentonados, se atrevían a hablar mal de él, pero los maricas no se hubieran atrevido a abrir la boca si el viejo tuviera un solo pie en el país. ¿Qué iba a ser de ellos? ¿Los iban a disolver así nomás? ¿Los iban a fusilar? ¿Los iban a integrar a un nuevo ejército? Francisco León de la Barra, aunque era una víbora venenosa, era sólo el presidente interino y nadie creía que tuviera poder para tomar decisiones. Para eso estaba Madero. Pero Madero… Como que daba ternura ese curro. ¿De verdad iba a tomar las riendas de México?
Medrano se movía de lado a lado del catre. Se decía que la llegada de los revolucionarios a la ciudad iba a superar la entrada de Juárez en 1867, pero de eso él no sabía nada. Toda la ciudad estaba engalanada y a la espera, hasta se habían mandado hacer miles de banderas de a 10 centavos en las que, sobre un fondo blanco y entre dos laureles, se veía la cara del héroe del día y se leía esta leyenda: “Paz. Viva el gran libertador de México Don Francisco I. Madero. Noviembre 19, 1910-Mayo 25, 1911”. El Tercer Regimiento llevaba varios días acuartelado en Ribera de San Cosme y los artilleros se comían las uñas.
Cuando el día despuntaba, Medrano sintió que todo se movía. Mucho. Pinche insomnio, creyó decirse, pero entonces oyó gritos y abrió los ojos: el cuartel se caía. ¡Un ataque!, gritó alguien, pero de inmediato supieron que no, que estaba temblando bajo sus pies y que no era un temblor cualquiera. La posteridad les habría informado que se trataba de un sismo de 8.9 grados Richter que ya se había encargado de borrar del mapa a Ciudad Guzmán, cerca del epicentro, pero ellos vivían en un presente trepidatorio y brutal. Y se cayó: toda el ala derecha de los dormitorios se cayó, sepultando para siempre a 33 artilleros. Medrano no estaba entre ellos.
Fue como despertar de una pesadilla para ingresar a otra peor. Toda esa mañana estuvieron levantando escombro y juntando cadáveres. Supieron que el terremoto había matado a más gente, y que había provocado daños en Palacio Nacional, en la Iglesia de San Pablo y en ¡el Instituto Geológico! La posteridad habría redondeado esa información: se flexionaron las vías férreas en el DF, se derrumbó un jacal en el Barrio de la Santísima de Peralvillo y otros cinco jacales en Doctor Navarro y Doctor Jiménez; además, hubo desperfectos en las calles de Alzate, del Chopo, del Pino, de Sor Juana Inés de la Cruz, en la fachada del Palacio de Belén y en la Escuela Normal para Profesores. Medrano no sabría que a ese sismo se le conocería después como “el temblor maderista”.
Pero ni eso impidió que se festejara la entrada de los revolucionarios. A las 12 del día, Medrano alcanzó a escuchar las campanas de Catedral, que anunciaban la entrada de Madero y su gente. Y toda la ciudad de México, que quería borrar rápido el reciente recuerdo del terremoto, salió a la calle a recibirlos.
Al día siguiente, entre millones de papelitos que ensuciaban la calle, destacaba una hoja volante con unas estrofas. La primera decía: “Amigo te contaré / lo que el día siete acaeció: / ¡que al llegar el gran Madero / hasta la tierra tembló!”
fdm

