Falsos profetas

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Foto: larazondemexico

En estos días tuve tiempo de ver un documental acerca de Bhagwan Shree Rajneesh, posteriormente conocido como Osho, quien fue el fundador de la secta/religión conocida como rajnishismo. Junto con su lugarteniente, Ma Anand Sheela, en 1981 levantó una comuna en un rancho de 260 km2 en las praderas del estado de Oregón, donde cometieron múltiples crímenes y abusos que los llevaron a ser encarcelados y posteriormente expulsados de Estados Unidos.

Durante los primeros años de funcionamiento de la comuna, los sanniasins, como nombraban a sus seguidores, alteraron por completo la vida y costumbres de los pequeños condados circunvecinos. Sheela, una mujer despiadada y de ambición desmedida, llegó al grado de esparcir salmonela en los alimentos de la población originaria que pretendía echarlos del lugar.

Dado que era el dinero y el poder lo que ambos perseguían, y no el amor ni la armonía, al verse rebasados por los problemas, Bhagwan y Sheela terminaron peleados a muerte. Cuando el FBI y la fiscalía estatal cayeron sobre ellos, por múltiples fraudes, intento de asesinato, ataques bioterroristas y otros cargos, el gurú, acorralado, llegó a un acuerdo judicial y fue deportado; mientras que su compañera purgó una condena de varios años de prisión.

El líder de los  sanniasins volvió a la India acompañado de un selecto grupo. Ahí, gracias a los millones de dólares que había amasado, producto de las “contribuciones” de sus seguidores y de las regalías de sus libros, decidió reinventarse. Apostó a la desmemoria y al fanatismo que tantos beneficios le habían acarreado y se hizo llamar Osho.

Bajo ese seudónimo tuvo aún más éxito y se convirtió en la cabeza de un emporio no solamente editorial, sino del turismo “espiritual”; estableciendo múltiples ashrams en India y centros de “enseñanza” alrededor del mundo. Después de su muerte, su círculo cercano tomó el control del negocio, que a la fecha sigue atrayendo incautos y millones de dólares.

No pude dejar de pensar en López Obrador, sus colaboradores cercanos y sus fanáticos seguidores después de ver el documental. Tienen muchas similitudes: desde sus libros, que no dicen nada, hasta el gran negocio que para él y su grupo ha representado la política.  Es manipulador y mentirosos y también ha buscado reinventarse después de sus múltiples caídas.

A Claudia Sheinbaum la veo perfectamente en el papel de Sheela, y ni qué decir de Martí Batres, Marcelo Ebrard, René Bejarano y demás lugartenientes. Lo único malo en este caso es que el tabasqueño financia sus aventuras con dinero público y puede llegar a gobernar al país; no solamente a una comuna o a un condado.

Veo con mucha tristeza y preocupación la desmemoria de las personas, dispuestas muchas a dejarse llevar por estos falsos profetas. Por ello, no he dejado de recordar en este espacio, prácticamente desde el principio, lo terrible que fue el gobierno de López Obrador y sus amigos en la Ciudad de México. El tabasqueño y su grupo se pueden reinventar, pero sus fechorías no se podrán borrar y debemos recordarlas.

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